miércoles, 20 de junio de 2007

CAPÍTULO 3: PRINCIPIOS QUE RIGEN LA UNIDAD DE LA IGLESIA


Para poder entender qué es la unidad del Espíritu, y para que en una actitud solícita podamos guardarla, es necesario que entendamos qué somos, dónde estamos y para qué estamos dentro del cuerpo. Esto se logra teniendo en cuenta cuatro principios básicos que regulan todo el funcionamiento interno de este gran cuerpo llamado la Iglesia:

1. Principio de posición y designio.

Dios coloca a cada miembro en un lugar definido dentro del cuerpo

La Biblia nos enseña que Dios ejerce toda su soberanía dentro del Cuerpo y en virtud de ello, coloca los miembros del Cuerpo donde Él quiere (1 Cor. 12:18) y les asigna el trabajo acorde a su capacidad y posición. El Espíritu Santo reparte como él quiere (1 Cor. 12:11); Dios ordena el cuerpo, (v. 24); Dios es el que pone los ministerios dentro del cuerpo (V. 28); y Dios capacita a cada miembro para realizar una actividad propia y específica dentro del cuerpo. (Ef. 4:16).

Cuando perdemos de vista el principio de posición y designio dentro del Cuerpo, nos sentimos desorientados, sin sentido, sin objetivo, sin saber el por qué estamos: nos sentimos como cuerpos extraños. Golpeamos al aire, hacemos cualquier cosa, malgastamos el tiempo y energías, interferimos en el trabajo de otros y no somos de bendición.

Una de nuestras preocupaciones como creyentes debe ser el tratar de ser útiles en la obra de Dios; pero para ser útiles es necesario descubrir el lugar donde somos más efectivos de acuerdo a la capacidad dada por Dios. ¿Cómo se consigue esto?

En primer lugar, es importante quitar la vista de los demás. No debemos utilizar patrones ajenos para determinar qué vamos a hacer para Dios. Es posible que un gran ministerio evangelístico nos impresione. Es posible que un ministerio pastoral fructífero influya en nosotros. Para hacer nuestras decisiones debemos tener cuidado con las voces o ejemplos de afuera. Es posible que no sea la orientación directa de un ministro determinado lo que motive una decisión, sino la influencia sutil y el carácter espectacular de un ministerio, e inducido por ello demos un paso en falso. Sin embargo, lo más importante es descubrir la voluntad de Dios: Señor, ¿dónde?, ¿para qué? Esto es una experiencia de carácter personal y somos nosotros los que tenemos que buscarla.

En esta búsqueda personal, Dios utiliza a su Espíritu que con voz sutil, pero inconfundible y clara, con una presión dulce y una impresión suave, inclina nuestros sentimientos y nuestra voluntad, para producir en nosotros“así el querer como el hacer por su buena voluntad”. El Espíritu Santo nos da testimonio a medida que nos rendimos a Él. A medida que actuamos acorde con Su propósito, Él va confirmando su voluntad en nosotros por medio del éxito de la empresa que Él ha emprendido en nosotros y a través de nosotros y por medio de la sensación interna de aprobación que el mismo Espíritu produce trayendo paz y satisfacción por lo que hacemos.
Es en la escuela del trato del Espíritu con nosotros que llegamos a descubrir, definir y desarrollar nuestro ministerio. En esta dimensión descubrimos que contamos con la capacidad necesaria para hacer nuestro trabajo, que Dios proporciona todos los recursos para lograr el éxito. Nos sentimos felices con la aprobación divina y de aquellos que nos rodean.

En segundo lugar, es necesario mantener un espíritu de oración y búsqueda de Dios constante. Muchos han quedado frustrados y no han alcanzado la plenitud de su ministerio, porque no han permitido que la voz de Dios se deje oír en la intimidad de la oración secreta. La desconexión de Dios es funesta. Ello no solamente impide el impulso inicial del ministerio, sino que influye en el debilitamiento y atrofia total del mismo. Hay dos medios básicos por medio de los cuales Dios se pone en contacto con el sus hijos: a través de su Palabra y a través de la oración. Cuando uno de estos medios se cortan quedamos sin dirección, desorientados y a la deriva en medio de un mar de confusión espiritual.

En tercer lugar, en ocasiones es necesaria la orientación y ayuda del pastor, o en su defecto, de líderes espirituales experimentados que con sus sabios consejos nos ayuden a determinar o entender qué es lo que Dios quiere y donde nos quiere, siempre permitiendo que Dios confirme Su voluntad en nosotros. La Biblia nos da un ejemplo práctico de esto. Dios llamó a Samuel por tres veces seguidas. Su inexperiencia le impedía entender el llamado de Dios al ministerio profético. Elí, hombre de experiencia, entendió la desorientación del muchacho. Se dio cuanta de que Dios estaba llamando a Samuel. Su orientación y ayuda fue decisiva para conducirlo a una revelación mayor de los planes de Dios para con el chico. (1 Sam. 3). En ocasiones nos pasa así. Sentimos que Dios nos llama, pero no sabemos el “por qué” y el “para qué” y el “a dónde”. El pedir ayuda y orientación a nuestros líderes espirituales nos ayudará a orientarnos dentro de la voluntad de Dios.

Debemos recordar que cada uno, en lo personal y particular, debe buscar su propia experiencia con Dios. En estos casos no se exceptúa a ningún hijo de Dios. A todos, Dios nos ha llamado para salvación, pero este acto implica y asegura al creyente un lugar determinado y una labor determinada para realizar.

Dentro de este gran Cuerpo todo está en actividad, nada puede estar ocioso. Todos estamos llamados a fructificar, de lo contrario nos convertimos en obstáculos perjudicando a los demás y saliendo perjudicados nosotros también. Para ilustrar esta verdad podemos apelar a la parábola de la vid y los pámpanos. Cristo dijo: “Toda rama que en mi no da fruto, la corta; pero toda rama que da fruto la poda para que dé mas fruto todavía” (v. 2); “el que no permanece en mi es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman” (v. 6). El asunto está claro: miembro atrofiado, miembro infructuoso; miembro infructuoso, miembro perjudicial; miembro perjudicial, miembro extirpado. Por el contrario, todo miembro fructuoso tendrá toda la ayuda y respaldo de Dios para su rendimiento máximo en el lugar y ministerio que Dios le ha dado.

Toda la actividad del Cuerpo está bien planeada, bien sincronizada. En el funcionamiento simultáneo de los miembros no existe contradicción alguna; no existe interferencia en el trabajo colectivo; no existe insubordinación; no existe usurpación de cargos. Cada uno sabe el lugar que le corresponde como también su función dentro del Cuerpo. Todos, actúan con plena conciencia que el objetivo unánime es uno solo: la edificación del Cuerpo, su crecimiento y madurez. Todo esto contribuye a la estabilidad y cohesión de la Iglesia.

Para ilustrar el principio de posición y designio que caracteriza la unidad de la Iglesia pongamos un ejemplo o ilustración: diríamos que la Iglesia es un gran rompecabezas. Este juego de entretenimiento general está compuesto por decenas de partes diferentes unas de otras y lleva implícito una imagen, un paisaje. Las piezas desordenadas, fuera de lugar, no nos dicen nada, nada nos revelan. Si unimos las piezas al azar, posiblemente armemos un monstruo. Pero si con plena conciencia de que cada una de ellas, - con sus diferentes formas y matices -, tiene un lugar determinado, la colocamos donde corresponde, de una forma progresiva irá revelándose la imagen contenida en el conjunto, mostrándose claramente algo hermoso.

La Iglesia lleva esculpida dentro de ella una imagen, la de Jesucristo. Este se revelará al mundo a través de la Iglesia cuando cada miembro del Cuerpo ocupe su lugar con responsabilidad, dignidad, respeto y sujeción. Procuremos, pues, mantener vigente este principio para contribuir al mantenimiento de la unidad espiritual.

2. Principio funcional.

No solamente tenemos un lugar dentro del Cuerpo, sino que estamos diseñados para realizar un trabajo específico dentro de éste.

Esta verdad queda corroborada por los siguientes hechos:
a) No todos tenemos la misma función. Rom. 12:4
b) Tenemos diferentes dones. (Rom. 12:6; 1 Cor. 12:28-30)
c) Cada miembro realiza su propia actividad.- Efe. 4:16
d) Cada uno ha recibido algún don 1 Ped. 4:10
e) El Señor Jesucristo constituyó diferentes ministerios dentro de la Iglesia.- Efe. 4:11.
f) Dios es el que capacita y da competencia para funcionar de acuerdo con la capacidad recibida. 1 Cor. 3:5-6.

Es necesario que tengamos conciencia de lo siguiente:
1°. Dios no solamente desea que sepamos dónde estamos y lo que somos, sino que funcionemos de acuerdo a la capacidad concedida.
2°. Dios espera que desarrollemos al máximo nuestras capacidades, que demos el máximo de nosotros mismos. Cuanto más damos, más recibimos. Cuanto más ejercitamos el don o el ministerio, más aumenta nuestro potencial y experiencia, a la vez que seremos más útiles a la obra de Dios.
3°. Dios espera que funcionemos dentro del radio de acción que abarca nuestro ministerio. En ocasiones somos tentados a salir de nuestro lugar y realizar otras labores que no se nos han encomendado. Esta acción viola el principio de posición, ocasionando, por regla general, complicaciones y problemas.

Recuerde que cada uno dará cuenta a Dios de lo que Él le ha dado. CADA CUAL DARÁ CUENTA A DIOS DE SU MAYORDOMÍA.

Un ejemplo objetivo que ilustra este principio es el reloj. Este instrumento está fabricado para un fin: orientar al hombre en el tiempo. El reloj no es una masa compacta, hecha de un solo material y compuesto de una sola pieza. Es la unión sincronizada de decenas de piezas, de diferentes formas, colocadas, cada una, en un lugar determinado y específico y con un fin prescrito. Cada parte realiza una función irreemplazable. Si se toma una de sus piezas y la utilizamos para que realice una función para lo cual no ha sido diseñada, se produciría un paro total en la maquinaria, y se impediría en cumplimiento efectivo de su propósito.

LO MAS IMPORTANTE DENTRO DE LA IGLESIA NO ES EL TIPO DE TRABAJO QUE QUEREMOS REALIZAR, SINO EL CUMPLIMIENTO DEL MINISTERIO QUE DIOS NOS HA DADO Y EN EL LUGAR QUE ÉL NOS HA COLOCADO. DIOS HA DE RECOMPENSAR NUESTRA FIDELIDAD EN LO QUE ÉL NOS HA MANDADO A HACER Y NO EL SACRIFICIO QUE NOS HA COSTADO HACER NUESTRA OBRA.

3. Principio ético moral.

Como partes del Cuerpo, vivimos en completa dependencia los unos de los oros. (1 Cor. 12:27). Las buenas relaciones entre los diferentes miembros del cuerpo van a contribuir a la armonía interna del mismo. Teniendo en cuenta que el propósito de Dios con nuestros ministerios y dones es el perfeccionamiento, edificación y crecimiento del Cuerpo, vamos a estar en mejores condiciones para bendecir y ser aceptados si aplicamos correctamente este principio.

El propósito de Dios es nuestro perfeccionamiento y edificación, pero nosotros no somos los que nos edificamos a nosotros mismos ni nos perfeccionamos a nosotros mismos. Nuestra edificación depende de la actividad y contribución de los otros miembros del Cuerpo. Esta realidad implica la necesidad de estar en relación, unión y dependencia. Es necesario, entonces, entender cuáles son los principios éticos que rigen nuestras relaciones dentro de este gran conglomerado, para que todos y cada uno puedan participar y disfrutar de la bendición que fluye a través de aquellos que están a nuestro lado para edificarnos. Esto contribuirá a que todos se sientan felices en el lugar donde Dios le ha puesto y podamos hacer felices a los que nos rodean. Para esto se necesitan actitudes que correspondan a un carácter maduro en el Señor.

Pablo nos exhorta a estar “bien concertados y unidos entre sí” (RV 1960) “Sostenido y ajustado por todos los ligamentos” (N.V.I.) (Efe. 416). Cuando pensaba en esta expresión, a mi mente venía una orquesta con su gran variedad de instrumentos musicales, de sonidos y personas. ¿Es posible que tanta disimilitud pueda producir algo bello, melodioso, armónico, que agrade al oído y nos haga sentir tan bien?. Sí, es posible. Todo depende de dos factores importantes: primero, del director; segundo, de la partitura por la cual se han de dirigir los músicos.

A la hora de ejecutar la pieza musical, todos se olvidan de sí mismos, de sus problemas, de los problemas con los demás, de los disgustos e incomprensiones que surgieron en el trato continuo. En el momento de ejecutar la pieza, sus mentes están absorbidas por lograr un solo objetivo: que todo salga bien. El fracaso de uno es el fracaso y la vergüenza de todos. El éxito de todos es el éxito de cada uno. En los momentos decisivos, todos tienen puesta su vista en el director; a una señal de éste, todos comienzan a tocar en tiempo y forma y de acuerdo con la partitura que tienen delante, sin variación alguna. Todos aquellos instrumentos musicales, “concertados y unidos entre sí” producen la melodía que atrae a todos, que agrada a todos y que trae honra a la orquesta.

La Iglesia es como una gran orquesta. Es verdad que no todos somos iguales, - es imposible que todos tengamos la misma forma de ver las cosas; no todos realizamos la misma labor, ni tenemos los mismos ministerios, dones y talentos -, pero a todos nos mueve un mismo sentir; engrandecer la obra de Dios aquí en la Tierra, y traer honra y gloria a nuestro Señor.

El saber que en la Tierra tenemos que ejecutar una gran obra, - esa obra que ha de arrancar alabanzas en las almas convertidas a Cristo y en los ángeles, los cuales de gozo cantan por los pecadores arrepentidos -, hace que clavemos la vista en nuestro Director, el Gran Maestro, y en Su partitura, la bendita Palabra de Dios.

Jesucristo, el éxito de Su obra, la necesidad de nuestra participación activa, son factores más que suficientes para sobrellevar, pasar por alto, perdonar, respetar y honrar a aquellos que conjuntamente con nosotros trabajan en la obra de Dios.
Para los que queremos lograr resultados óptimos en nuestras relaciones mutuas, para todos aquellos que somos llamados a fomentar, y conservar la unidad del Espíritu, nos es imprescindible entender el papel que juega el amor cristiano en este asunto. La fuente del amor es Dios. Este es un atributo esencial de Él. Él es intrínsecamente amoroso- de esto no nos cabe dudas-. Lo hemos experimentado.

La Biblia nos enseña que ese amor procedente de Dios ha sido “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom. 5:5). Dios ha “bañado”, por así decirlo, a la Iglesia de su amor. Aún más, ha saturado el corazón (fuente afectiva) de la Iglesia y lo ha hecho depositario de su amor. Pero el amor, como sentimiento, es algo subjetivo. Tú no puedes ver el amor que hay en mí; tú no puedes ver el amor que yo digo profesarte en mi corazón. Ese sentimiento hay que objetivizarlo, hay que hacerlo real, hay que manifestarlo con hechos concretos. Hay una orden, un mandamiento: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros (Juan 1:17) Este mandamiento se repite a través de la Biblia como un eco interminable. La calidad de ese amor, Pedro lo designa como “entrañable” (2 P. 1:22), nacido de bien adentro y de un “corazón puro”. Pablo lo califica de “amor fraternal” (Ro. 12:10), porque lo motiva una relación filial allegada, la relación de hermanos. Este amor no es una mera declaración verbal de un sentimiento que se dice profesar (1 Juan 3:18), es la manifestación práctica, objetiva, de un sentimiento sublime: es un amor de hechos. Nadie puede dar lo que no tiene. Dios no nos pide nada que no podamos brindar. Si el nos manda: ¡amaos!, es porque podemos amar. Él nos da esa capacidad y nos da la calidad de amor que Él demanda que manifestemos. En la expresión del amor de Dios, el egoísmo desaparece, el egocentrismo se disuelve, nuestra propia imagen se va opacando y en medio de la penumbra va surgiendo “mi prójimo”, reconocemos la imagen de Dios en él, lo vemos convertido en hermano dentro de la Iglesia y es a él a quien Dios te manda a “servir por amor” (Gál. 5:13).

En la película italiana “La vida es bella”, uno de lo personajes, el tío Josué, menciona unas palabras muy hermosas que tienen que ver justo con lo que tratamos. Él dice: “Servir es el arte supremo. Dios es el primer servidor. Dios sirve al hombre pero no es sirviente de nadie; tú sirves, pero no eres un sirviente”. El amor cristiano no se traduce en nosotros en un espíritu “servil”, tampoco nos convierte en “sirvientes”, sino en “servidores” de Dios y de nuestros hermanos.

La palabra “siervo” suena ahora muy hermosa para nosotros. La imagen que nos trae en la actualidad es la de un hombre de cuello y corbata que frecuentemente predica un sermón desde el púlpito a la Iglesia. Un “siervo” tal y como era concebido en los tiempos de Pablo era un individuo sin identidad, despersonalizado, despojado de voluntad propia, con una mentalidad servil, que no podía pensar por sí mismo, sin libertad. El concepto de “siervo” aplicado a sus discípulos por parte de Jesús tiene un matiz muy diferente: “Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes” (Juan 15:15). Del versículo 12 en adelante, Jesús comienza a contextualizar sus palabras. El amor, en el cristiano, comienza a ser el ente regulador de sus acciones y de la capacidad extrema del servicio. “Nadie tiene amor mas grande que el dar la vida por sus amigos”.

El sentimiento que impulsa el servicio cristiano no es un sentimiento servil, sino un espíritu de amor; pero un amor de la calidad del amor de su fuente: JESUCRISTO. La correspondencia de “Sus amigos” es de tal magnitud que sus amigos se convierten en “siervos por amor”, de una forma voluntaria, (gr. doulos; 2 Tim 2:24 con Ex. 21:4-6) y es en este contexto en que Pablo nos manda: “Sírvanse unos a los otros con amor”. (Gál. 5:13). Jesús nos considera y nos ve como hijos suyos, y de una forma tierna nos dice: “Mis queridos hijos poco tiempo me queda para estar con ustedes...este mandamiento nuevo os doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, , también ustedes deben amarse los unos a los otros” (Juan 15:33:34.

No importa cuál sea tu trabajo, tu cargo; tu rango es “siervo por amor”. El amor de Dios tiene la virtud divina de unirnos. “Es el vínculo perfecto”. Si el amor que decimos profesar no produce el fruto de la unidad, es amor humano, carnal y no de Dios. La labor del amor de Dios en nosotros es gloriosa: el amor de Dios elimina y desplaza todo aquello que tiende a aislarnos y nos une con brazos fraternales e indisolubles. El amor sabe reconocer las propias debilidades, limitaciones, incapacidades humanas. El amor sabe reconocer las virtudes de otros, las capacidades de oros, los logros de otros. Hace que nos honremos y dignifiquemos los unos a los otros. El amor nos impele a buscar dentro del Cuerpo lo que nos falta a nosotros. El amor nos hace entender que no somos completos ni suficientes y que necesitamos de los demás. El amor nos hace ver la provisión que Dios hace entro de Su Iglesia, el Cuerpo de él, para que “constreñidos u obligados por amor”, sepamos ponernos a disposición de Dios y sus hijos, tanto para ayudar como para ser ayudados; tanto para dar como para recibir; para edificar como para ser edificados. El amor es la ley primaria que rige las relaciones dentro del la Iglesia. Si no estamos dispuesto a amar así, sería preferible, entonces, orar hasta que se produjera la conversión en nosotros.

Sin la manifestación del amor, la Iglesia desfigura la imagen de Cristo dentro de ella, limita su poder e impide alcanzar a los perdidos. “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35. El amor actúa en nosotros produciendo las actitudes propias de su naturaleza: “El amor es paciente, bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso, no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor; El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con verdad” (1Cor. 13:4-7). Esta calidad de amor tiene necesariamente que ponernos en capacidad para convivir dentro de Su Iglesia armoniosamente. Dejemos, pues, la Palabra hablar: “Amaos los unos de los otros con amor fraternal, en cuanto a la honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad; Bendecid y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis a vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios. Porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Rom. 12:10-21).

Dentro del mismo contexto de la unidad. Pablo sigue diciendo: “Así que los que somos más fuertes debemos soportar las flaquezas de los más débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno agrade a su prójimo en lo que es bueno para edificación. Porque ni aún Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mi. Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes y a una misma voz glorifiquéis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 15:1-6). “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación conque fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo, en aquél que es la Cabeza, esto es Cristo, de quien todo el Cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efe. 4:1-3 y 15-16), “donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo y en todos. Vestios, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, e mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviera queja contra el otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros, y sobre todas las cosas vestios de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne vuestros corazones a la que así mismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos” (Col. 3:11-15). (V.R.V. 60.

La Biblia pone un énfasis importantísimo y habla mucho sobre las relaciones mutuas y a los principios éticos que deben caracterizarla, pero si solamente dijera lo que se ha mencionado aquí, bastaría para ayudarnos a mantener una unidad real y duradera. Tenemos que, definitivamente entender que ni la murmuración, ni la crítica, ni el egoísmo, ni el orgullo, ni los celos, ni los resentimientos, ni las amarguras, jamás podrán contribuir a la avenencia y unanimidad que han de consolidar la unidad en la Iglesia; solo contribuirá a aislarnos al punto de desvanecerse la imagen de Cristo dentro de nosotros. Permitamos, entonces, que el amor sea para todos una experiencia diaria de manifestación, para que se convierta en un elemento disolvente de todo lo negativo y a la vez unitivo de todas las partes.

Ahora bien, para lograr estos objetivos divinos, debemos tener en cuenta lo siguiente:

1°. Que no somos nosotros mismos los que nos autoedificamos (Efe. 4:12-16). No somos nosotros los que nos hacemos crecer a nosotros mismos, sino que nuestro conocimiento y perfección son producidos por la actividad edificadora de otros miembros del Cuerpo, que nos proporcionan, con su actividad, lo que nosotros no podemos suplirnos.

2°. Que la actividad y ministerio que cada uno de nosotros desarrolla es para la edificación del resto del Cuerpo. Este es el motivo por el cual, dentro de la Iglesia, los ministerios y dones tienen una razón de ser, y tienen además, la oportunidad de un desarrollo encaminado a un fin (Efe. 4:12; 2 Pedro 2:4-5.

3°. Que solamente teniendo nosotros en cuenta y aplicando efectivamente los principios de ética y moral cristiana, podemos funcionar dentro del Cuerpo de una forma efectiva y recibiremos de otros el reconocimiento por nuestra labor. De esta manera nos sentiremos cómodos y felices y en el lugar que Dios nos ha colocado.

4°. Ser lo suficientemente humildes y maduros para permitir que se nos enseñe y edifique recibiendo de otros lo que a nosotros nos es imposible autosuplirnos.

El Nuevo Testamento establece un código de leyes espirituales que rigen el principio ético y moral dentro del Cuerpo de Cristo:
1°. Nos debe regir el amor. Efe. 4:15-16
2°. Debemos estar “concertados y unidos” (V.R.V). Efe. 4:16
3°. Debemos preocuparnos los unos por los otros. Efe. 4;25
4°. Debemos identificarnos con el resto del Cuerpo. 1 Co. 12 25 –26.
5°. Debemos reconocer la dignidad de los demás. Efe. 4:16.
6°. Debemos respetarnos y considerarnos mutuamente. 1 Cor. 16:15-16
7°. Para se capaces de “sostenernos y ajustarnos” (N.V.I.) Efe. 4:16

4. Principio de sujeción .

Dentro del Cuerpo no hay “cabos sueltos”. Todos estamos atados. Primero a la Cabeza, después unos con otros: “Sométanse unos a otros por amor a Cristo”

Antes de entrar el en análisis de este aspecto debemos, por lo menos, rastrear en el Nuevo Testamento hacia qué áreas se aplica el término “sujeción”. En el orden de importancia, la Biblia nos habla de la sujeción de la Iglesia a Cristo (Efe. 5:24); sujeción de las mujeres a sus maridos (Efe. 5:22); sujeción de los miembros (ovejas) a sus pastores, (Heb. 13:17); Sujeción de los hijos a sus padres (Efe.6:1); sujeción de los siervos a sus amos (Efe.6:5); sujeción de del pueblo a sus gobernantes (Rom. 13:1); sujeción a los líderes de la Iglesia (1 Cor. 16:16); sujeción de los unos a los otros ( Efe. 5:21); y sujeción de todas las cosas al Padre (1 Cor. 15:24-28). Por todos estos pasajes y sobre todo por las consecuencias desastrosas que ha producido la violación a este principio en todos los órdenes nos damos cuenta la importancia de tener en cuenta la aplicación de este principio dentro de la Iglesia para su estabilidad y unidad. Aquí solo nos ocuparemos de la sujeción dentro de las relaciones Iglesia-Cristo.

Cuando, en Efesios 5:24, Pablo enseña que la Iglesia debe estar sometida a Cristo, emplea el verbo “hypotassoo” (upotasso), que significa: “poner debajo, subordinar, someter”. Las palabras castellanas empleadas generalmente para traducir este término, son: “sumisión” y “sujetar”. Ambas implican etimológicamente la idea de “estar metido debajo de”.

En este versículo “hypotassoo” está usado, en voz pasiva, y de acuerdo con su etimología, la idea que nos da es que la Iglesia y, por la tanto, cada creyente que la integra, está colocado, ordenado, organizado, debajo de la autoridad de Cristo.
Una persona, una institución o un grupo que no reconozca que en el señorío de Cristo sobre Su Iglesia está implícito la subordinación de cada creyente en todos los aspectos que involucra este estado, no puede llamarse a sí mismo “Iglesia”, ni puede, la persona, pretender formar parte de la Iglesia de Cristo. Valga recordar que cuando se habla del reconocimiento del Señorío de Cristo, se implica la obediencia taxativa a Su Palabra y Voluntad. La Iglesia está debajo de Cristo: primero, para salvación, ya que Él es la “propiciación” o cubierta; segundo, para obediencia, porque él ha sido colocado como su Cabeza, como su Jefe, como su Señor.

A la verdadera sujeción le son inherentes dos aspectos básicos:

1°. El reconocimiento de una autoridad a la cual sujetarse.- Jesús ha sido constituido como la máxima autoridad de la Iglesia. La autoridad de Cristo sobre la Iglesia se establece por el hecho de que él pagó un alto precio por ella: su sangre preciosa, (derecho legal)(1Cor. 6:20; 7:23; 1 Pedro 1:18-19). Él la salvó de una muerte segura y la hizo participante de su propia vida (derecho moral)(Efe. 2:1-10). En virtud de lo que Dios hizo por ella, la Iglesia le debe obediencia y sumisión. Sin embargo esta sumisión y obediencia a Su autoridad no se produce por coacción o presión de parte de Él sobre ella; sino que ella, constreñida por Su amor, le ha ofrecido su obediencia, por lo cual está dispuesta a someterse y amarle hasta las últimas consecuencias. (2 Cor. 5:14)

La obediencia y sujeción de la Iglesia a Cristo no tiene límites. Ella se somete a su autoridad “en todo” (Efe. 5:24). A ese tipo de obediencia están supeditados intereses personales, bienes materiales, sentimientos familiares, (Mat. 10:37), etc. Cristo lo dio todo por ella, y ahora en correspondencia, ella sabe ponerlo todo y sin limitaciones a los pies de Su Señor. (Fil. 2:11). El reconocer la autoridad de Cristo, Su señorío, produce en sus seguidores un sentir común, un pensamiento común, un propósito común: OBEDECER.

2°. La existencia de un gobierno. Jesucristo gobierna sobre todas las cosas en virtud de su soberanía. “Él es el soberano de los reyes de la tierra”. Su soberanía se manifiesta en el control absoluto que Él ejerce en el Universo. “Él sostiene todas las cosas con su palabra poderosa” (He. 1:3). El ejercicio de Su soberanía va encaminado a controlar el gobierno humano. La Historia no es más que la proyección visible de Su soberanía. Él ejerce su soberanía en la historia al llevar a cabo sus planes eternos y redentores para el hombre. “El Altísimo tiene dominio sobre el reino de los hombres y pone sobre él a quién le place” (Dan. 5:21b V.R.V. 60). Él manifiesta su soberanía dirigiendo y guiando todas las cosas hacia un fin común: el futuro establecimiento de su reino en este mundo. Voluntaria o involuntariamente, todos los gobiernos humanos no hacen más que llevar a cabo los propósitos y designios de Dios sobre la tierra. Sirven a los propósitos divinos, porque todavía Jesucristo ES y SERÁ “el soberano de todos los reyes de la tierra”.

Dentro de la Iglesia, Él manifiesta de una forma muy particular Su soberanía porque ÉL GOBIERNA LA IGLESIA. Se convirtió en CABEZA DIRECTRIZ, después de su triunfo sobre el pecado, en la cruz; y en virtud de su resurrección y exaltación, él convirtió a la Iglesia en Su Cuerpo. Ella es “la plenitud de aquél que todo lo llena por completo”. (Efe. 1:21).

Es dentro de la Iglesia y a través de ella que Jesucristo ha comenzado a restaurar Su autoridad y gobierno en el Universo. Su soberanía no ha sido reconocida todavía por la gran mayoría de los hombres, pero Su Iglesia se constituye en la agencia a través de la cual el mundo puede ver un anticipo de Su futuro Reino. Es dentro de la Iglesia, donde Jesús comienza a ver concretados sus deseos y la respuesta a Su oración. “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:110). En este proceso de restauración de Su autoridad y soberanía ella juega un papel importantísimo, pues es dentro de la Iglesia, donde el hombre tiene la posibilidad y las condiciones necesarias y aparentes para someterse a Cristo y reconocerle como su Señor. Esto es y será un proceso creciente hasta que el Señor venga a buscar a Su pueblo obediente y preparado para reinar juntamente con Él. A través de Su Iglesia, Jesucristo continúa su labor vindicadora. Esta labor se extenderá hasta el fin de los tiempos cuando “luego de destruír todaa autoridad, dominio y poder”, para ser restaurado, de una vez y para siempre su gobierno y autoridad divina. (1 Co. 15:25-28)

a. La sujeción en la Iglesia Local.

Todo lo dicho se aplica de una forma muy particular dentro de las comunidades locales, o sea la Iglesia Local. El principio de sujeción se hace una realidad práctica dentro de ésta. La Iglesia Local es la base de la familia cristiana. Sin Iglesia Local no hay Iglesia Universal. Pero ¿te has preguntado alguna vez qué cosa es la Iglesia Local? Creo que una definición nos ayudará a ubicarnos correctamente dentro de este gran organismo. Definámosla:

La Iglesia Local es el conjunto de creyentes en Cristo Jesús, redimidos por su sangre, que se reúnen en un lugar determinado, dentro del tiempo y el espacio, ya sea en una catedral , ya en un templo de ladrillos, ya en una choza de hojas de palmera, ya en una casa, ya debajo de un árbol o en una cueva con el propósito de adorar a Dios, servir y evangelizar el lugar donde está localizada. Ese grupo de creyentes que se reúne en ese lugar determinado para adorar a Dios colectivamente, para aprender la palabra de Dios, edificarse mutuamente y comprometidos a proclamar el reino de Dios y servir a la comunidad, es la Iglesia Local. A todos los mueven los mismos intereses, todos están por una misma causa. Cada Iglesia Local - esté fuera o dentro de un templo, esté o no reunida como tal, ya sea grande o pequeña - se constituye en una comunidad llamada a conservar la cohesión e integridad de la Iglesia como pueblo de Jesucristo.

La Iglesia Local no es una masa sin forma ni objetivos. Cada Iglesia Local, como parte del Cuerpo sobre la tierra, está compuesta por grupos de miembros que “funcionan armónicamente” para su edificación interna y para llevar adelante sus tres trabajos u objetivos principales: 1ro. la proclamación (kerigma) del Evangelio a toda criatura, 2do. La enseñanza (didaché), o sea su actividad didáctica por medio del discipulado de cada creyente y 3ro. haciendo una realidad su vocación de servicio (diakonia) apuntando todo al ejercicio de su capacidad edificativa y reproductiva. La Iglesia Local, por decirlo así, es el pequeño Cuerpo de Cristo capacitado con todos los elementos necesarios para su propio desarrollo, crecimiento y continua reproducción, tanto en lo material como en lo espiritual.

Es dentro de la Iglesia Local donde Jesucristo forma, constituye y levanta los diferentes ministerios (Efe. 4:11). Es dentro de la Iglesia Local donde el Espíritu Santo reparte sus dones o capacidades (1 Co. 12; Ro. 12:4-8). La Iglesia Local se convierte en la madre progenitora de otras Iglesias Locales hijas. Es la Iglesia Local la llamada a cuidar y formar a esa “hija” hasta su madurez y desarrollo. Es la Iglesia Local la que tiene la gran responsabilidad de cuidar a cada creyente, y es a ella la que se le dice: “Esfuércense en mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. Esto es una responsabilidad insoslayable y en la que Dios no admite excusas. Cada creyente en lo particular está llamado a mantener la unidad dentro de la Iglesia Local evitando actitudes y acciones que atenten contra ella.
Ahora bien, la Iglesia Local tiene que aplicar dentro de ella los mismos principios de sujeción, gobierno y organización si es que quiere permanecer dentro de la voluntad de Dios y con el respaldo del Espíritu Santo.

Para contribuir al mantenimiento de su unidad interna, Dios ha colocado dentro de esta el ministerio del pastor. Es el pastor la persona a la cual Dios ha responsabilizado por la dirección, cuidado y guianza de la Iglesia Local hacia los fines espirituales para lo cual Él la constituyó (1Tim . 3:4-5; Heb. 13:17). Dios ha delegado Su autoridad directiva en el Pastor. Este ministerio lleva implícito una responsabilidad grande ante Dios. En sus manos está la vida de las oveja. El pastor es el líder visible. Aunque su referencia directa es a Jesús, la parábola del buen pastor sin embargo, nos da las pautas que establecen los principios y la naturaleza de la autoridad pastoral sobre las ovejas y sus relaciones mutuas. (Véase el capítulo 9: “El Ministerio del Pastor”.)

b. Principio de sujeción y grados de autoridad de otros ministerios dentro de la Iglesia Local.

A nivel de Iglesia Local existen ministerios en formación o formados que contribuyen al crecimiento del Cuerpo local. Algunos de ellos, en ocasiones, se proyectan para bendecir al el Cuerpo Universal y no pueden ser contenidos ni limitados por la Iglesia Local donde surgieron. Esto, sin embargo no le da derecho a ningún ministerio de vivir una vida sin dependencia ni sujeción a una autoridad. Es necesario no desconectarse de la “autoridades superiores!” que han sido puesta sobre él como sobreveedores de su ministerio y vida espiritual. Sin embargo y como ya hemos señalado, a la luz de lo que la Biblia nos enseña, dentro del Cuerpo Local hay muchos miembros que funcionan simultáneamente dentro de éste. Estos miembros trabajan con cierto grado de autoridad dentro del cuerpo.

El grado de autoridad de estos ministerios locales está determinado por la posición asignada y por el área que abarca su trabajo específico. Estos ministerios, dentro de la Iglesia Local, ocupan un radio de acción que influye efectivamente para la edificación general del organismo. La falta de reconocimiento mutuo en los ministerios, la interferencia mutua, incursionando en áreas que no son de la incumbencia del ministerio propio, y la limitación ejercida sobre el desempeño desubicado de otros ministerios producen graves problemas y por regla general producen un espíritu que tiende a afectar el espíritu de unidad. El respeto, el reconocimiento y la sujeción mutuas son la llave de la armonía interna de la Iglesia. (Efe. 5:21;1 Pedro 5:5; 2 Cor. 4:5, ).

Nos es fácil entender los principios de autoridad y sujeción desde el punto de vista humano: sujeción a los patrones, a los que gobiernan, al esposo en el hogar; pero cuanto nos cuesta entender los principios de autoridad y sujeción en el plano espiritual: a los pastores, a los líderes, los unos a los otros. Sin embargo, cuando ellos faltan o no se reconocen dentro de la Iglesia, se produce un espíritu anárquico que Dios rechaza y repele, y que produce un estado de confusión y desorientación, que con un efecto centrífugo tiende a desplazar los miembros produciendo un espíritu divisionista. Es necesario que entendamos definitivamente que donde está Dios, necesariamente tiene que haber gobierno, autoridad y sujeción, para que el orden reine y todo marche en espíritu armónico. Estos son principios eternos e inalterables que se manifiestan donde Dios está.

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Luz y Verdad es un ministerio transdenominacional de enseñanza bíblica y teológica, dirigido particularmente a las iglesias locales, con el objetivo de edificar a sus miembros y preparar a sus líderes.

El ministerio fue fundado a fines de la década del 90, por el pastor y misionero cubano Luis Enrique Llanes Serantes, su actual director. A lo largo de todos estos años, el pastor Llanes ha llevado las conferencias y seminarios Luz y Verdad a decenas de iglesias, en Argentina, particularmente en la región patagónica.

Además de las conferencias, talleres y seminarios, el ministerio cuenta con un sistema de estudios bíblicos, teológicos y ministeriales, en tres niveles, y el curso Alfa para nuevos convertidos. Los materiales de estudio usados en ellos, han sido escritos por el propio pastor Llanes, y son de distribución gratuita.

Luz y Verdad cuenta con presencia en Internet, a través de una red de blogs, en los que aparecen escritos y recursos de edificación para los creyentes en general, y los líderes cristianos en particular.

El trabajo de edición corre a cargo de la hermana Alba Llanes, hija del pastor Llanes, la cual está radicada en California, Estados Unidos, y ha llevado hasta allí el ministerio Luz y Verdad.

La hermana Alba también aporta al ministerio, con sus escritos, sus conferencias, talleres y seminarios, así como con sus publicaciones personales por Internet.

Además de que el pastor Llanes es ministro ordenado de la Unión de las Asambleas de Dios, de Argentina, el Ministerio Internacional Luz y Verdad está avalado por COPLEM, el Consejo Pastoral de la ciudad de Puerto Madryn, provincia del Chubut, lugar donde tiene su sede actual.

Luz y Verdad mantiene la postura doctrinal propia de las Asambleas de Dios, en lo que atañe a los conceptos doctrinales fundamentales.

Usted puede comunicarse con el pastor Luis E. Llanes:

llanes.luis8@gmail.com




El Ministerio Internacional Luz y Verdad y su servicio de publicaciones EDICI, están configurando una red de recursos propios que pone a disposición de los ministros y de los hermanos, con el propósito de edificarlos en las diferentes áreas del quehacer cristiano.

Se trata de la Red de Blogs Luz y Verdad. En ellos, usted encontrará estudios de carácter doctrinal, bíblico y ministerial, artículos sobre historia de la Iglesia, actualidad eclesial y secular, orientaciones didácticas y pedagógicas, y mucho más.

Los autores de los diferentes escritos que aparecen en esta red son el pastor Luis E. Llanes y su hija Alba Llanes. De igual manera, estamos adicionando enlaces de acceso a otros sitios de Internet que ofrecen eficaces recursos cristianos y ministeriales.


¿Qué es EDICI?

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¿QUÉ ES EDICI?

EDICIONES CRISTIANAS INDEPENDIENTES es el servicio de publicación y edición del Ministerio Internacional Luz y Verdad, dirigido a ministerios cristianos e iglesias locales.


El propósito: ofrecer colaboración y ayuda eficaz, seria y responsable, en materia de redacción y edición de material cristiano, ya sea páginas de Internet, revistas, periódicos, boletines, libros, etc., garantizando una excelente presentación en materia gramatical y estilística.

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EDICI se encarga de la gradual edición de la Red de Blogs Luz y Verdad, que integra blogs del pastor Luis E. Llanes (Puerto Madryn, Argentina), del pastor Samuel González (Chicago, EE.UU.), y de la hermana Alba Llanes (Los Ángeles, EE.UU).

Igualmente, EDICI colabora con los siguientes hermanos y ministerios, al editar y administrar sus blogs:

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PARA MAYOR INFORMACIÓN:
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