PREPÁRESE PARA SERVIR AL SEÑOR

PREPÁRESE PARA SERVIR AL SEÑOR
Haga click sobre el cartel
Mostrando entradas con la etiqueta unidad de la iglesia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta unidad de la iglesia. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de septiembre de 2007

Acerca del libro y el autor

El libro: La Unidad de la Iglesia.

Este libro, inédito en otros medios de publicación, ve la luz pública por primera vez en formato electrónico, en este medio. Es el producto de varios años de reflexión, análisis e investigación, del pastor Llanes. En cierto modo, es un libro no terminado, una especie de obra abierta, ya que está sujeto a nuevas ideas que se vayan añadiendo, y a las modificaciones que de ellas surjan.


Tres son nuestros ruegos:

Primero, al Señor, para que esta obra sea de bendición y de edificación para cada lector.

Segundo, a cada visitante de esta página, que si así lo desea, deje por favor su comentario, opinión o información relevante. Estaremos muy agradecidos.

Tercero, a aquellos que hagan uso de esta información, sólo pedimos que se citen debidamente los créditos de la misma, o sea, quién es el autor, cuál es el nombre de la obra, y qué sitio de internet la contiene. Desde ya, muchas gracias.


El autor: Luis Enrique Llanes Serantes


Nació en Pinar del Río, Cuba, en 1939. Ha sido pastor y maestro bíblico desde el año 1962, en que se graduó del Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios, de Cuba, en Manacas, Las Villas.


En su país natal, pastoreó varias iglesias, y se desempeñó como miembro del Comité Ejecutivo de las Asambleas de Dios, en diferentes cargos.

Ejerció la docencia cristiana como profesor de diferentes programas de capacitación ministerial, y como conferencista bíblico en las iglesias locales. El Rev. Llanes fue el fundador y primer director de los Estudios Dirigidos de Superación Bíblica (EDISUB), el programa de preparación ministerial de las Asambleas de Dios cubanas.


Desde el año 1989, está trabajando como misionero en la República Argentina. Fundó, junto a su familia, la Iglesia "Misión Sur de Mendoza", de la Unión de las Asambleas de Dios, en la ciudad de San Rafael, en la provincia de Mendoza. Es profesor del Instituto Bíblico Patagónico, y fundador y director del ministerio transdenominacional "Luz y Verdad", que prepara líderes para las iglesias locales.

El hermano Luis Llanes desarrolla un fructífero ministerio de predicación y enseñanza, así como una amplia labor como escritor de materiales bíblicos, teológicos y ministeriales.

A. Llanes


Esta obra es propiedad de Luis E. Llanes, Ministerio Luz y Verdad, Puerto Madryn, Chubut, República Argentina. Ha sido editado por Alba L. Llanes, Ediciones Cristianas Independientes (EDICI), Rancho Cucamonga, California, Septiembre de 2007:

miércoles, 20 de junio de 2007

PALABRAS DEL AUTOR.


En el año 1989, comencé a escribir los primeros apuntes sobre este tema de la Unidad de la Iglesia. Algunas de las notas fueron publicadas en esos tiempos en el periódico "Vida Abundante" de la Unión de las Asambleas de Dios, en Argentina. Desde esa época he estado enseñando sobre este tema en diferentes lugares del país. Poco a poco he ido ampliando y añadiendo notas al mismo.

Tengo que aclarar y reconocer dos cosas. En primer lugar, este libro ha sido producto de la influencia de algunos autores clásicos del pentecostalismo tales como Oswald Carter, Donal Gee, Myer Peralman, Riggs, Horton, Duplesis, etc. El conjunto de sus puntos de vista, con el aporte de la Palabra escrita, fueron formando en mí conceptos personales que plasmo en esta obra. En segundo lugar, tengo que agradecer a la gran cantidad de pastores y hermanos, con los cuales he hablado, los que aportaron, con sus puntos de vista, elementos que me ayudaron a darle forma a mis conceptos sobre este tema fascinante. Entre ellos, ha habido pastores pentecostales y no pentecostales que me han sugerido ideas muy positivas, y de los cuales he aprendido mucho en relación con la obra del Espíritu y sus mecanismos para edificar la Iglesia de Jesucristo.

Sé positivamente que algunos de los conceptos expuestos aquí no son nuevos, porque “nada nuevo hay debajo del cielo”, pero me place darle mi forma personal, matizada con ideas que sé positivamente, me fueron dadas por el Señor en mis estudios personales y producto de la experiencia de varios años en el ministerio.

El libro se compone de dos partes: en la primera pongo énfasis al concepto escritural de lo que es la Iglesia como Cuerpo, ya que es en ella donde se produce la unidad. En la segunda, abordo el aspecto tan controvertido de los dones del Espíritu y los ministerios crísticos, ya que entiendo que no se puede hablar de unidad de la Iglesia prescindiendo de ellos. El contexto de la unidad lo conforman los dones y ministerios en toda la manifestación de la “multiforme gracia de Dios”, dentro del gran Cuerpo de Cristo llamado la Iglesia . A algunos de los dones y ministerios pongo más énfasis que a otros. Aquellos de los cuales se habla poco o nunca se definen, he tratado de explicarlos lo más explícitamente posible. A los otros más nombrados le dediqué menos espacio para no repetir tanto lo que ya se ha dicho en múltiples ocasiones. Todo esto lo he tratado de explicar en lenguaje llano y corriente, evadiendo terminologías teológicas complicadas o tecnicismos que impiden la comprensión del tema. Este libro es escrito para todos, porque lo que expongo es parte del Evangelio de Jesucristo, dado a toda criatura.

Gracias, en primer lugar, al Espíritu Santo de Dios que ha puesto carga en mi corazón sobre este asunto, y me ha dado la oportunidad de ser canal de bendición a la Iglesia.

Quiero agradecer a mi hija Alba por la ayuda que me prestó en la revisión preliminar de este material, y por sus sugerencias y aportes en el aspecto lingüístico y exegético, tanto en el griego como en el castellano. Agradezco al Consejo Pastoral de Puerto Madryn, (COPEM) por el aporte y ejemplo práctico que me han dado, ya que ellos son un ejemplo típico de unidad del Cuerpo, y de inspiración ministerial. Ellos demuestran a diario la capacidad y madurez que les caracteriza para mantener y fomentar la unidad de la Iglesia en este lugar. Gracias al pueblo latinoamericano para el cual va dirigido, en especial, este libro.

Sé positivamente que en esta pequeña obra no está dicho todo sobre el tema. Solo quise aportar mi granito de arena para de alguna forma contribuir al mantenimiento de los logros que se han obtenido y para producir hambre de unidad en otros lugares, pero sobre todo para que Nuestro Señor Jesucristo, Soberano, Señor y Rey de la Iglesia pueda ser reconocido dentro de ella en sus formas múltiples de obrar.

Luis E. Llanes.
Ministerio Luz y Verdad.
Puerto Madryn, Chubut, Rep. Argentina.

PREFACIO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Por Luis E. Llanes.
Si hay un momento crucial en la vida de la Iglesia, en el que es necesario hacer un replanteo serio del concepto de “Iglesia” es esta hora. Las razones son las siguientes: notamos un mover del Espíritu de Dios hacia la consolidación de la Unidad, manifestado dentro de una gran cantidad de siervos de Dios aquí en la Argentina. Estos testifican de la inquietud que Dios ha estado poniendo en sus corazones sobre este asunto que creen de importancia. Esta intranquilidad se ha traducido en la creación de los llamados Consejos Pastorales, en diferentes ciudades de nuestra nación. La experiencia, a través de varios años de su gestación, nos ha enseñado la importancia de estos Consejos dentro del plan de Dios en busca de la consolidación de la Unidad del Cuerpo. Aunque en algunos lugares han fracasado en el intento, producto de ni haber entendido el propósito de Dios con los Consejos Pastorales, en los lugares donde están funcionando debidamente, se ha producido un cambio sustancial en el cuerpo de pastores, en las congregaciones; un cambio sustancial con repercusiones positivas dentro de las ciudades donde están constituidos. Por otra parte, hay lugares que, aunque se está luchando por hacer real ese deseo, tal parece como inalcanzable y en otros ni el intento de alcanzarlo se manifiesta todavía.

Sin embargo, en sentido general, notamos que hay un concepto muy vago de lo que es Iglesia. Y este aspecto es sumamente importante para que la unidad sea evidente y percutiva dentro de ella y en la sociedad. Sabemos que somos pastores, sabemos que somos parte de una congregación, sabemos que tenemos un ministerio y, dentro del todo, sin embargo, nos sentimos como solos, independientes, sin sentido de relación. Estamos tan ensimismados en nuestros propios asuntos que hemos perdido el concepto de relación que tanto necesitamos para poder llegar a lo que Dios quiere.

En ocasiones sucede que dentro de la misma ciudad un ministro se debate en medio de una lucha campal contra los problemas de carácter espirituales. Todos tenemos ojos para notar la situación. Como espectadores de una película, vemos desarrollarse la historia dramática con un desenlace fatal. Después, todos tienen la respuesta, pero, cuando ya no hay solución; antes, nadie fue a dársela. En ocasiones, hasta un sentimiento de satisfacción morbosa surge furtivo de lo profundo de nuestro corazón traducido en palabras de reproches y críticas, cuando más bien estos hechos deberían rompernos el corazón de dolor, por el paladín caído y exclamar, como exclamó David por la caída de Saul: “¡Ha perecido la gloria de Israel sobre las alturas, cómo han caído los valientes” (1 Sam. 1:19) “Llorad por Saúl...” (1:24)

Ante nuestros ojos transcurre la vida económica de un siervo de Dios. Todos lo notamos: no viste bien; sus zapatos están rotos; su familia, pasando necesidad; él, luchando solo para tratar de resolver los problemas familiares. Se produce una lucha interna: el ministerio con hambre o un trabajo remunerado sin ministerio - “Él debe venir y exponer su situación”, dice alguien. Pero “alguien” no lo haría tampoco si estuviera pasando la misma situación. - “El Pastor Fulano dejó el ministerio, ahora vende chupetines en la calle”, comentamos cuando viene el colapso. Pero nadie fue y se interesó por el Pastor Fulano para darle una mano.

Alguien, un poco más sensible, se levanta con una posible solución, pero nadie le hace caso. Otro más decidido se dispone a hacer algo por iniciativa propia, pero lo hace solo como para que la gloria de haber hecho algo sea para él.

Esto no solo pasa a nivel ministerial, sino a nivel de la Iglesia Local. Cada uno vive su vida. Cada uno aprendió de su Pastor a vivir su vida muy personal. Aprendió a no interesarse por nadie, pues la calidad de únicos les impide ver el resto de la familia, que aunque parte de ella y ella parte de él, sin embargo no la percibe porque no la discierne. La filosofía del “sálvese quien pueda” ha matado el espíritu de solidaridad cristiana. No hay Espíritu para ver estas cosas, y estas cosas, y otras mas, no hacen más que mostrar, cuan lejos estamos de saber, entender y discernir lo que es Iglesia. Se hace necesario, pues, hacer un replanteo bíblico y teológico de lo que es la Iglesia y su significado en el día de hoy.

Para el católico romano, el concepto de Iglesia se pierde dentro de la filosofía del “lo creo porque lo veo y lo palpo”. Él puede ver, con ojos materiales, a un Cristo, que, aunque colgado de una cruz todavía, aún le inspira cierto grado de temor y respeto. Cuando está dentro del aquel templo enorme, alto, profundo, silente, calmoso, tranquilo, siente una sensación de seguridad y paz, aunque sea por un rato. Cuando ve a su sacerdote, vestido con su ropaje singular, exclusivo, propio y habitual, le inspira cierto grado de autoridad, y por lo menos, mientras la oveja ve a su pastor se siente segura. Cuando piensa en el Papa, cree que “el sucesor de Pedro” cuando habla, es Dios hablando por él y su fe parece agigantarse y cuando testifica, se llena la boca diciendo: ¡por esto soy católico!

Pero todo esto es una mera falacia. Quitémosle al Cristo crucificado de delante de sus ojos, saquémoslo de dentro del templo, eliminemos la figura del sacerdote y anulemos su Papa, y el católico romano se vería en la más profunda de las confusiones, con su fe perdida sin saber donde colocarla, desorientado al no escuchar la voz “audible” de su pastor, náufrago en medio de un mar tempestuoso e inclemente, pidiendo auxilio sin tener a nadie que se apiade de él.

Su concepto extremadamente objetivo de Iglesia fue golpeado “con ímpetu en aquella casa y su ruina fue muy grande”. Porque Iglesia no es una superestructura eclesiástica controlada férreamente por la voz “ex-cátedra” e infalible de un hombre. Iglesia no es un templo milenario o moderno, expuesto al deterioro del tiempo, el agua, el sol y el viento. Iglesia no es un mero grupo de creyentes sin concepto de relación dentro del todo. Iglesia no es un nido eterno de pájaros donde los pichones son “pichongueados” (alimentados) permanentemente por su madre. Iglesia no es un batallón de minusválidos, imposibilitados para vivir su propia vida, aún cuando le falte la silla y el bastón.

Los neo-ortodoxos liberales creen que la Iglesia es producto de un proceso evolutivo que no tuvo su origen en Pentecostés. Se desarrolló desde la era patriarcal, siguió con Israel, después con la Iglesia novo testamentaria y hoy agrupa a todo el mundo que aunque no lo sepa son parte de ella, ya que todos somos hijos de Dios, y un Dios de amor no va permitir que nadie se pierda. Aunque ridícula esta posición, sin embargo algunos la sustentan apoyándose en las ideas universalistas en cuanto a la salvación. Ellos pierden a la Iglesia dentro de toda una filosofía humanística que lo que produce es una mera institución fraternal sin objetivos espirituales.

Este tipo de Iglesia que ellos han creado, excluye por completo al fundador de la Iglesia, o sea Jesucristo. Incluyen a cualquiera, sea quien sea, tenga la religión que tenga sin la necesidad de cambio de conducta. Anulan el sacrificio de Jesús, el nuevo nacimiento, la vida de santidad de sus miembros y humanizan a una institución divinamente ordenada.

Desde este punto de vista: ¿Para qué Iglesia? ¿Para qué murieron los mártires que la defendieron a través de la historia? ¿Para qué evangelio, si todos son hijos de Dios? Este tipo de Iglesia que los liberales y los neo ortodoxos han creado no es ni siquiera una caricatura grotesca de lo que el Nuevo Testamento nos revela. ¡Que se callen la boca estos que así piensan! No son más que “manchas en vuestros ágapes, nubes sin agua llevada de acá para allá por los vientos, árboles otoñales, sin fruto; dos veces muertos y desarraigados, fieras hondas del mar que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas” . ¡Que no hablen en nombre de un Cristo al cual han menoscabado, y de un Dios al cual han destronado! Excuso a los filósofos ateos. Pues al negar rotundamente la existencia de Dios lo hacen desde suposición completamente opuesta al cristianismo. Ellos, al menos, tienen el valor de defender sus ideas sin mezclarlas con nada. No excuso a los teólogos llamados cristianos, que al no entender cuestiones de la fe que se escapan a sus sentidos limitados, llenan el vacío con una variedad de conceptos netamente humanistas hasta el punto de comulgar con el enemigo, aceptando conceptos e ideas completamente anti-Dios y anti-Cristo.

Esos conceptos falsos de grupo lo tienen la mayoría de las religiones que llamamos paganas o no cristianas, tales como el Budismo, el Islamismo, el Judaísmo, etc. Sin embargo, nada de eso es Iglesia.

Dentro del protestantismo, incluyendo a aquellos movimientos que indirectamente surgieron en la época posreforma, hay una diversidad de conceptos variados de lo que es Iglesia. No todos estos conceptos están escritos, no todos son correctos tampoco. Nuestros teólogos, a través de la Historia, han concebido a la Iglesia desde el punto de vista de las vivencias experimentadas por sus antepasados y la aplicaron, invariablemente (salvo algunas excepciones) en su tiempo y en su lugar y eso es lo que nos han legado hasta hoy, y eso es lo que hoy estamos viviendo, con todas sus consecuencias... Nunca se detuvieron a hacer un análisis profundo del concepto de Iglesia. Han aceptado el dogma heredado y eso ha regido toda la teología eclesiástica. El concepto de Iglesia se ha ido deformando a través del tiempo y eso ha dado a luz una Iglesia, que no funciona como Iglesia, porque no tiene claro lo que es ella. Yo le animo a que haga una encuesta a veinte pastores, de cualquier denominación. La pregunta sería: ¿Qué cosa es Iglesia para usted? Usted se va a quedar asombrado del concepto tan superficial y vago de la mayoría (porque eso fue lo que nos enseñaron) y de otros, que ni conceptos tienen de lo que significa.

Esto ha traído graves consecuencias:

Primero: estancamiento o corte de la proyección y formato original de lo que el Espíritu Santo ha querido como Iglesia. Ha habido “cambios genéticos” en la Iglesia. Cada cual ha querido hacer su propia Iglesia de acuerdo con un formato propio. Estamos a dos mil años del formato verdadero legado por los apóstoles.

Segundo: indiferencia de los miembros hacia el quehacer normal de la Iglesia, producto de la ignorancia del papel que juegan dentro del grupo. Al deshacerse el formato original, se inventó cualquier otra cosa. Vemos gentes congregadas, pero no funcionan como Iglesia de Jesucristo. Un alto concepto de irresponsabilidad hacia lo que debería ser el interés primordial de cada hijo de Dios. Pero todo derivado de lo mismo. Congregaciones dominicales, sermones dominicales, pero cristianos banales.

Tercero: indiferencia casi absoluta entre Iglesias. Como cada una piensa que es “la Iglesia”, se desplazan una a las otras, porque no hay aceptación de aquello que no se parezca a ellas.

Cuarto: y lo peor, espíritu de crítica destructiva, que utiliza todos los medios, desde el simple púlpito hasta las formas más sofisticadas de comunicación: televisión, Internet, etc. Palabras hirientes, golpes morales, descrédito mutuos, menoscabo ministerial, etc. Después se jactan de que son Iglesia de Cristo. Están predicando desde el mismo infierno, pensando que están en la gloria.

Quinto: ignorancia y rechazo voluntario de toda la enseñanza bíblica sobre ética cristiana, porque aún cuando algunos la conocen, ella se convierte en una cuchilla que corta y duele. No conocen lo que es el amor fraternal, ni la compasión cristiana.

Cuando se define con palabras lo que es la Iglesia, por regla general se responde: “es el grupo de creyentes lavados por la sangre de Cristo y transformados por el Espíritu Santo” . Otros: “es el cuerpo de Cristo Quizás otros, un poco más teólogos, expliquen el significado original de la palabra Iglesia, le añadan lo que ya saben y punto.

Con el perdón de todos nuestros teólogos que mucho han hecho por la doctrina, no puedo dejar de decir que estas proposiciones tan simplistas, aunque tienen un contenido de verdad, por no ser la verdad completa, han producido la Iglesia que tenemos hoy: una Iglesia parcialmente Iglesia. Una Iglesia sin empuje vital. Una Iglesia ensimismada, aniñada y minusválida. ¿O no? Haga un paralelo de la Iglesia actual con la Iglesia de proyección neotestamentaria. ¿En qué se parecen? Sí, me dirás que la Iglesia primitiva no se puede tomar como modelo, porque era una Iglesia naciente y automáticamente me remites a la Iglesia que refleja la Epístola a los Efesios. Pero esto agrava más la situación de la iglesia actual: si la Iglesia actual es incapaz de compararse con la Iglesia terrenal, defectuosa y naciente de los primeros tiempos, mucho menos con la Iglesia celestial que Efesios nos muestra. ¿O es que la tuya ya llegó allá?

A través de la Historia, Dios ha querido traer a la Iglesia al modelo entregado por él. Avivamientos diversos han despertado a la Iglesia produciéndose cambios sustanciales, con visión y vitalidad nueva han desplegado una labor tremenda, pero la influencia teológica sobre el falso concepto de Iglesia dio como resultado la organización de grandes grupos diferentes con gran cantidad de Iglesias locales con sus respectivos pastores sobre los cuales se han levantado líderes que como pequeños Papas, controlan, dirigen, mandan a los grupos ínter independiente.

Esta actitud es la que prevalece hoy en muchas de las Iglesias llamadas cristianas. O sea, se ha constituido un tipo de Iglesia que, en cuanto su sistema organizativo, es una pirámide sobre cuya cúpula no está Jesucristo, sino el Hombre, sustituto de Cristo. En cuanto a su sistema de gobierno muchos de los líderes se han convertido en Señores de la grey, desplazando al Señor de la grey y, en cuanto a sus miembros, piezas postizas sin conceptos de relación y acción.

Esta estructura eclesiástica ha impedido el fortalecimiento de la unidad espiritual por el énfasis desmedido del factor organizativo en desmedro de la Unidad espiritual. Esta situación ha contribuido a fomentar todos los males dentro de la Iglesia, parte de los cuales ya mencioné. Si no nos proponemos, con la ayuda del Espíritu de Dios discernir, descubrir, y reencontrarnos con las raíces, la Iglesia novo testamentaria, seguiremos funcionado sin resultados positivos en relación con el propósito de Dios en lo que concierne a la unidad espiritual de Su pueblo y al papel que juega dentro de esta sociedad delirante.

La pregunta que necesariamente tiene que surgir en este punto es: ¿Qué es la Iglesia? ¿Cómo presenta el Nuevo Testamento a la Iglesia de Jesucristo?. Para definirla diré lo siguiente: “La Iglesia es un organismo visible, cuyos componente han sido regenerados por el Espíritu Santo y dentro del cual guardan una relación íntima y vital con Cristo, la Cabeza, y un vínculo estrecho de amor, trabajo y colaboración con los demás miembros de Cuerpo para edificarlo”

En la mayoría de las declaraciones dogmáticas sobre la Iglesia, se presenta al componente humano como un ente pasivo que todo lo recibe, sin responsabilidad, ni compromiso con el resto, sin sentido de relación con los demás. Se ha creado una iglesia despersonalizada y sin identidad.

Mucho menos se enfatiza su relación con la Cabeza sin la cual no existiría como tal. El sentido de relación hay que rescatarlo, hay que restaurarlo, para que la Iglesia pueda salir de su estado de niñez espiritual y se comporte como “persona mayor”. El sentido de relación nos hace entender que no vivimos separados ni independientes, que somos parte de un Cuerpo. Es este concepto de Cuerpo otro de los elementos que tiene que formarse o reformarse nuevamente. Solo una actitud corporativa nos ubicará en el lugar correcto, nos indicará qué somos, e imprimirá un sentido profundo de responsabilidad y compromiso dentro de la Iglesia. El sentido de relación corporal impide creer a la mano, que ella “es el cuerpo”, impide la independencia e indiferencia. Nos ayuda a vernos como un todo, donde cada uno solamente es parte, y parte que le es imposible vivir como si fuera un todo.

Antes que nada tenemos que reconocer y conocer los vínculos que nos une a Jesucristo. En el patio de mi casa hay un gran eucalipto. La ramas de un extremo distan del otro extremo alrededor de doce metros. Las ramas enormes se yerguen sosteniendo a las ramas mas pequeñas de ambos lados. Cuando me siento en el patio a tomar el fresco de la tarde contemplo la multitud de pequeñas florecillas y semillitas que cunden el ramaje. Miles y miles. Tal parece que una de esas pequeñas semillitas nada tienen que ver con la otra de diez metros de distancia. Sin embargo, cada una pertenece al mismo árbol, vinculadas por las ramas y las ramas al tronco. Todos participan de la misma naturaleza y reciben del tronco la savia que les da vida.

Ese espectáculo me arrojó luz en relación con los miembros de la Iglesia. Sí tenemos que ver, y mucho, los unos con los otros y, sobre todo, con Jesucristo nuestra CABEZA. Al lado de esta planta hay un olmo. Por ser de diferente naturaleza, aunque están cerca y aunque sus ramas a veces se entrecruzan con las del eucalipto, sin embargo, ni ellas ni su fruto son partes del eucalipto. El estar cerca no las hace parte una de la otra. Aunque su follaje se confunda con el eucalipto, por la diferencia de naturaleza, el olmo no es eucalipto ni parte de él, ni su fruto es el mismo. Todo por la diferencia de naturaleza. Si tú no te sientes parte del “todo” de la Iglesia, aunque te confundan, tu naturaleza es otra y no la de Cristo. Por eso no encajas. Pero si eres parte del Cuerpo, vas a buscar tu vínculo con Cristo, porque el imán atrae a los elementos de su naturaleza. Jesús declaró enfáticamente: “Como el pámpano no puede dar fruto si no estuviere en la vid, así mismo sin mí nada podéis hacer”.

Después tenemos que reconocer y entender los vínculos que nos unen con los otros miembros de Cuerpo. Si somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos. Si no te sientes hermano, eres hijo de otro padre. Con esta figura consideramos otro aspecto que urgentemente hay que rescatar, renovar y restaurar: el concepto de “comunión”. El Credo Apostólico reza de la siguiente forma: “...creo en la comunión de los santos...” La Iglesia primitiva revelada en los Hechos de los Apóstoles participaba de la perfecta comunión mutua entre los creyentes. La Iglesia es, mas que un lugar de comunión, es un estado de comunión. Esto no tiene que ver con distancia, ni lugar sino con el Espíritu que la produce, tiene que ver con el hecho de que la Iglesia universal está en comunión con Cristo y es esa comunión, la fuerza de atracción y base de nuestra comunión.

Nuestra comunión no tiene nada que ver con nacionalidad, raza, etnias, lenguaje, sexo, etc. Jesucristo echó abajo todas las barreras que separaban a la humanidad y que tantos estragos han hecho fuera y dentro de la Iglesia. Del judío y del gentil hizo un solo pueblo, llamado Iglesia y todos sus componentes, en su calidad de hijos de Dios somos hermanos en Cristo. Este sentido de relación y este sentimiento filial nos ponen en capacidad para proyectarnos como uno que somos. En este contexto podemos entender las cuatro facetas que manifiesta o caracteriza un verdadero espíritu de unidad:

1º. De carácter intelectual. Pablo nos dice que “tenemos la mente de Cristo” y nos exhorta a pensar “una misma cosa”. Esto se hace posible cuando tenemos un concepto de relación con Cristo bien claros. Solo un grupo “descabezado” piensa con su propia cabeza y no con la de Cristo. Por eso muchos no entienden el pensar del Cuerpo con su Cabeza. Todo le parece locura y no aceptan nada que no piense como piensan ellos. Una de las evidencias del concepto de relación dentro de la unidad del Cuerpo, es precisamente que nuestras ideas y pensamientos son cautivados por la mente de Cristo dando por resultado la uniformidad de pensamiento en sus proyecciones objetivas. Con este concepto de relación bien claros, hay una capacidad y docilidad para ir amoldándonos al pensar de Cristo a través del intercambio de ideas cuando se proyecta algo en común. En la discusión sana, en el análisis abierto, el Espíritu Santo va produciendo un pensamiento común; sus planes y propósitos son develados y la victoria en el trabajo y la lucha se hace una realidad experimental.

2º. De carácter afectivo.- “Que sintáis una misma cosa”. ¿Es posible? Sí. El concepto de relación corporal no sólo afecta nuestra mente, sino que también todo lo que pensamos como Cuerpo se hace una realidad “síntica” en nuestro corazón. Somos envueltos en el sentir de Cristo mediante su Espíritu que mora en nosotros, que al fin y al cabo es el agente o fuente de la unidad. El Espíritu “hace carne” en la Iglesia el sentir de Dios para con Su Pueblo de tal forma que la voluntad de Dios toma la primacía en la Iglesia. Esta actitud echa por el suelo “mi opinión” , “mis pensamientos”, “mi voluntad”, “mis deseos”, para que se hagan una realidad la opinión de Cristo, Su voluntad y Su deseo para todo Su Pueblo. Mis intereses personales son supeditados a los intereses de Dios y su Cuerpo. Hay gozo en el corazón cuando la voluntad de Dios se hace real, cuando vemos los resultados y cuando vemos los beneficios compartidos.

3º. De carácter volitivo.- “Dios produce en vosotros, así el querer como el hacer por su buena voluntad” “Unánimes entre vosotros, sirviendo al Señor”. El control que toma Jesucristo sobre nosotros y el control que nosotros le permitimos que Él tome es decisivo para que Dios pueda producir en nosotros lo que en nosotros no existe. “Él produce” porque en nosotros nada hay. Nuestra naturaleza humana es rebelde por naturaleza, no quiere lo que Dios quiere. Nuestra voluntad se revela a la de Dios, por lo tanto nos es imposible quererla. Me gusta más lo que yo quiero, lo que me interesa, lo que yo deseo, lo que me parece correcto. Por esto es necesario permitirle que Él sea el que produzca el querer la unidad, el querer la comunión para que el concepto de relación dentro del Cuerpo se haga una realidad y regule y mantenga estos elementos sin los cuales la Iglesia seguiría en su multiforme involución, como la nube que el viento deforma, transforma, reforma pero nunca le da forma permanente, hasta que se disuelve en el espacio y el tiempo.

El espíritu unánime trae a la Iglesia un estado de paz y satisfacción. No hay cosa más gloriosa y que traiga efectos tan benefactores al Cuerpo que el testimonio interno del Espíritu que mora dentro, que nos hace experimentar el gozo de las victorias que juntos logramos para Dios. Esto es de un valor incalculable, que no se compra en un supermercado, porque es un don de parte de Dios, don que nos pone en capacidad amplia para caminar la “segunda milla” en aras del engrandecimiento del Reino de Dios aquí en la tierra.

4º. De carácter dinámico.- Acción unánime y coordinada. Porque Dios produce en vosotros así el querer como el hacer por su buena voluntad” . “El hacer” es la evidencia de la obediencia. Es indiscutible que la demanda máxima de Dios es obedecer. Esto es algo que prioriza sobre todos los sacrificios que podamos hacer. Pero nos cuesta trabajo. Yo puedo obedecer por la fuerza o la obligación, pero este no es el tipo de obediencia que Dios demanda. Todos lo que hacemos forzados por las circunstancias no siendo movidos por el Espíritu de Dios, todo ello es vano. Lo que hacemos se desvanece, se disuelve, se envanece y se pierde. Nos sumimos, entonces, en un estado de frustración por el fracaso. Creemos que ese era necesariamente el resultado del esfuerzo y quizás del sacrificio. Pero no. El fracaso fue producto de los móviles y circunstancias que nos obligaron a hacer tales cosas.

Cuando Dios produce en el corazón la disposición permanente para la obediencia, aún cuando se convierta en un sacrificio para hacerlo, ello trae resultados benefactores, tanto en lo personal como en lo colectivo. La victoria es asegurada, porque la acción está encuadrada dentro del plan de Dios canalizado a través del Cuerpo y a favor del Reino de Dios. Apreciamos y entendemos lo que es una acción corporativa, o sea donde cada miembro del cuerpo está comprometido y actúa con conciencia de relación.

Creo que no hay otra forma de concebir la Iglesia de Jesucristo. Creo que este es el modelo de Iglesia que Dios quiere para nuestros tiempos. Dentro de este marco Dios se revelará con más amplitud, porque tendrá “un Cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16) Pero es bueno llamar la atención al v. 15 donde dice: ...crezcamos en todo en aquél que es la Cabeza, esto es, Cristo”. Pablo aquí nos revela una Iglesia relacionada con Cristo, la Cabeza; relacionada con los demás componentes; comprometida con Cristo; comprometida con el resto del Cuerpo; realizando un trabajo unido y coordinado; una Iglesia con sentido de comunión y relación con un solo interés: edificar el Cuerpo en amor.

Yo animo a los Consejos Pastorales constituidos que reafirmen su compromiso de permanecer en esa actitud de relación y comunión que son la base de la Unidad Corporal; animo a aquellos que están claudicando, por temores o prejuicios, que se despojen de estos sentimientos que tanto han dañado al Cuerpo y se decidan, como otros, a arriesgarse por la Unidad del Espíritu; y animo a aquellos que hasta este momento no les ha interesado este proyecto, que no es más que el proyecto de Dios para su Iglesia, que se decidan y den un salto de fe hacia la Unidad, porque este es el tiempo de Dios para “reunir todas las cosas, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así de los que están en el cielo como los que están en la tierra...conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efe. 1:10-11); “Porque todos vosotros sois UNO en Cristo Jesús” (Gál. 3:28).

Desde esta perspectiva, les propongo este trabajo o proyecto y esperemos la bendición , el respaldo y la victoria de parte de Dios.

LA UNIDAD DE LA IGLESIA: INTRODUCCIÓN


A principios del año 1989, en nuestro viaje de Cuba hacia la Argentina, pasamos por Perú. Allí tuvimos la oportunidad de conocer al hermano Bruno Frígoli y a su esposa Frances, misioneros en ese país. Linda fue la amistad que fomentamos en ese tiempo corto de brusca transición para nosotros: un tiempo en el que ellos, en una forma paciente, longánime y comprensiva, supieron absorber el escape de toda la compresión anímica y sicológica reprimida de una familia de siete personas recién salidas de su propio país. Estos cuatro días en Perú me hicieron reflexionar mucho en relación a la familia cristiana, a la Iglesia. Gente como nosotros, procedentes de diferente país, diferente cultura, ahora en un país extraño, fuimos recibidas, atendidas, servidas y cuidadas por personas desconocidas hasta ese momento. El cuidado proporcionado fue tal que se convirtió en el sedante, la medicina restauradora y reanimadora que nos permitió entrar a la Argentina más relajados y tranquilos.

Pienso y creo que no hay institución más hermosa y sublime sobre la tierra que la Iglesia, la familia de Dios. Una familia diseminada por todo el mundo que le da carácter universal a la Iglesia; una familia localizada en diferentes partes del planeta que le da a esa misma Iglesia su carácter territorial y local; una familia compuesta por personas que en lo individual son representativas de ese gran conglomerado llamado Iglesia, Cuerpo de Cristo, y que se reconoce como tal, cruzando por encima de todas las barreras y todos los prejuicios nacionales, raciales, culturales y sociales.

Justo en esos días, el hermano Frígoli me entregó un estudio personal sobre el tema de la unidad de la Iglesia. Luego, estando ya en Argentina, el pastor Luis López, edirector de “Vida Abundante”, la entonces publicación vocero de la Unión de las Asambleas de Dios, me pidió que escribiera una serie de artículos para esa publicación. Ambos hechos me motivaron y animaron para estudiar y escribir sobre este tema. Al principio fueron solo unos apuntes que compartí, pero todo no quedó ahí. Dios me hizo entender tanta cosas que no me quedó otra alternativa que hacer algo formal y de mayor alcance.

Una de las cuestiones que aprendí fue que la Unidad de la Iglesia es una doctrina cardinal enseñada ampliamente en la Biblia. Aprendí que ella es imprescindible para entender la naturaleza interna de la Iglesia, para comprender nuestra relación con ella, y para poder presentar a la Iglesia ante el mundo como un cuerpo bien desarrollado, maduro, capaz de ser el instrumento idóneo en las manos de Dios en el Plan Eterno de Salvación de la Humanidad. Aprendí que, sin un concepto íntegro de este aspecto que tiene que ver con la formación cualitativa y sustancial de la Iglesia, nos sentimos perdidos y sin objetivos dentro del Cuerpo, y que sin este concepto bien asimilado por nuestros corazones, la Iglesia quedaría reducida a un mero conglomerado de personas sin poder efectivo en su medio.

Cuando consideramos la magnitud y la trascendencia de esta enseñanza, cincelada por el Espíritu de Dios en Su Palabra, tenemos que reconocer que la misma es compleja. Como humano, quizás no sea capaz de desentrañar todo lo que esto implica y exige, pero como hijo de Dios tengo una triple responsabilidad: primero: auxiliado con la luz que el Espíritu de Dios nos da, debo “inquirir en Su Palabra” , “cavar y ahondar” hasta descubrir, aunque sea algo, de lo que esta verdad encierra; segundo: con la ayuda que el mismo Espíritu nos da, poder transmitir, comunicar esa verdad para ayuda y edificación del Cuerpo y tercero, con la gracia del mismo Espíritu Santo, corresponder consecuentemente a esta verdad de tal forma que mi propia vida dé testimonio de que esa verdad está formada en mí.

Podemos declarar que la Unidad de la Iglesia, como doctrina, es una de las verdades más difíciles de asimilar. Nuestra naturaleza humana se rebela contra ella, pues choca contra nuestro egoísmo, contra nuestra posición exclusiva, contra conceptos preconcebidos por el prejuicio y la ignorancia. Es difícil de asimilar, porque el Espíritu Santo, promotor de la unidad, exige una actitud humilde, un corazón abierto, un sentimiento de amor cristiano y la renuncia a los prejuicios que, cual muros, han estado separándonos a través de los años tratando de seccionar su Cuerpo.

Tenemos muchas excusas para evadir nuestra responsabilidad: apelamos a la gran multitud de organizaciones cristianas, al fracaso de algunos líderes, a la incompatibilidad con movimientos que tienden a amalgamar “todo” sin detenerse a considerar la naturaleza de los elementos que utilizan para hacerlos parte de la Iglesia. Algunos se sienten inmersos en un mar de recelos que les impiden valorar las bendiciones de ver hecha realidad esta verdad revelada. Algunos se sienten tan temerosos de lanzarse a esta aventura, que se ven impedidos de experimentar en sus vidas la bendición que hay en la participación de la “comunión de los santos”. Pasan por alto que, a pesar del hombre con sus errores y a pesar de ellos mismos con todos sus prejuicios, el deseo de Dios para Su pueblo en este tiempo es fomentar y mantener un espíritu de UNIDAD, que refleje lo que Él es. Jesús, en su oración intercesora registrada en el capítulo 17 de Juan oró de la siguiente forma:


“No te ruego solo por estos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tu estás en mí, y yo en ti, permite que ellos también que ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado Yo les he dado la gloria que mediste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: Yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal y como me has amado a mi” . (Juan 17:20-23). (Nueva Versión Internacional.).

Ahora bien, es necesario entender que cuando hablamos de unidad de la Iglesia, no nos referimos al concepto, - en el cual persisten todavía algunos círculos - que confunden el término unidad con unificación. Una cosa es la unidad de la Iglesia y otra es la unificación de las iglesias. La unidad de la Iglesia es una doctrina bíblica enseñada claramente por Cristo y por sus apóstoles; la unificación de las iglesias es un producto del esfuerzo humano para lograr lo que sólo el Espíritu Santo es capaz de hacer.

La unidad de la Iglesia está inspirada y promovida por el Espíritu Santo; la unificación de las iglesias es una enseñanza alentada y promocionada por el hombre aunque le alienten buenas intenciones. En la unidad de la Iglesia, se establece a Cristo como la única Cabeza directriz que lleva a cabo su obra a través de un Cuerpo “concertado y unido entre sí”, por la cohesión que produce el Espíritu de Dios y el amor que la sensibiliza; en la unificación de las iglesias se establece como cabeza directriz a los hombres que llevan a cabo sus propios propósitos, a través de una superestructura eclesiástica con un barniz de cristianismo. La verdadera unidad de la Iglesia desplaza todo material ajeno y todos los cuerpos extraños que tienden a socavar el fundamento y envanecer su solidez; en la unificación de las iglesias la tendencia es amalgamar, mixturar, sincretizar, dar participación a todo cuanto huela a religioso, sea lo que sea, venga de donde venga, relajando y degradando así la imagen de Cristo al que confunden con cualquier otro “cristo”. La unidad de la Iglesia es inspirada por un solo Espíritu: el de Dios; la unificación de las iglesias está inspirada por un espíritu: un espíritu meramente humanista. La unidad de la Iglesia está fundamentada sobre una sola, sólida y consistente enseñanza: la cristiana; la unificación de las Iglesias está basada sobre una amalgama de filosofías que convergen todas en un humanismo ya religioso, ya irreligioso o ateo. Para sustentar la doctrina de la unidad de la Iglesia no es necesario “hacer una nueva teología para estos tiempos”, porque la unidad de la Iglesia está sustentada sobre una Teología bien proyectada, definida y hecha hace casi dos mil años atrás; una Teología que ha mantenido inalterable esta verdad a través de la historia hasta nuestros días. En fin, mientras que la unificación de las iglesias es, en su esencia, antropocéntrica, la unidad de la iglesia es de carácter cristocéntrico.

Para poder alcanzar el objetivo divino con la unidad de la Iglesia, lo primero que debemos reconocer es que la enseñanza y la puesta en práctica de esta doctrina han estado en crisis durante centurias, dentro del Cristianismo. El no haberla entendido, el no haberla tenido en cuenta, ha afectado a lo largo de los siglos las relaciones filiales y la “confraternidad cristiana”. En vez de buscarse y reconocerse, los diversos miembros de la familia de Dios se alejaron y crearon alrededor de ellos un muro infranqueable que impidió el disfrute de una de las bendiciones mas grandes legadas por la Iglesia primitiva: “la comunión de los santos”. Pero también hemos de reconocer que el Espíritu de Dios ha estado trabajando dentro de su pueblo, - y ahora más que nunca - para que Jesucristo pueda encontrar un pueblo unido, que unido pueda recibirle y adorarle por toda la eternidad.

¿Quién ha tenido la culpa? La ignorancia: ignorancia de la verdadera naturaleza y propósito de la unidad. Hemos creído que la unidad es la renuncia a nuestra identidad denominacional para aceptar un nuevo método de organización, bajo nuevos parámetros y bajo otra autoridad. La unidad trasciende estas cuestiones de carácter humano. A Dios, más que la fusión organizacional institucional, lo que le interesa es la fusión de los corazones de sus hijos; más que la pérdida de la identidad con una organización cristiana determinada, lo que le interesa es la identidad de cada denominación cristiana con Él; porque solo identificados con Él y unidos nuestros corazones en el amor de Cristo, habrá un objetivo unánime: dar a conocer a este mundo que el reino de Dios se ha acercado a ellos por medio de un pueblo representativo cuyo nombre predominante es CRISTIANO, por medio de una Iglesia a la cual Él no le puso nombre, sino a la cual llama solamente “mi Iglesia” (Mat. 16:18) y ante la cual “las puertas del infierno no habrían de prevalecer”.

La verdadera unidad de la Iglesia es una unidad de carácter espiritual. La Biblia le llama “la unidad del Espíritu” (Efe. 4:3), enseñándonos que su fuente de promoción no es humana, aunque a través del humano se manifieste y se haga una realidad. La verdadera unidad no busca hombres perfectos para lograr una unidad perfecta; la unidad del espíritu es perfecta en sí misma aunque trabaje con hombres imperfectos pero que están en proceso de perfección y que en obediencia se proyectan hacia la unidad.

Justamente esta es la idea que aparece en Juan 17:22,23. La RV 1960 traduce:

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tu en mi, para que sean perfectos en unidad,..”.

La Biblia de Jerusalén traduce:

“Yo les he dado la gloria que me diste, para que sena uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mi para que sean perfectamente uno...”

La versión Dios Llega al Hombre lo plantea así:

“Yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno”.

La misma idea, aunque redactada con ciertas variantes sintácticas, Lacueva, en el Interlineal Griego - Español del Nuevo Testamento, vierte:

“... yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados (completamente) hacia una misma cosa”.

Y la Nueva Versión Internacional traduce:

“Para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tu en mi. Permite que alcancen la perfección en la unidad”


Se hace sumamente difícil traducir la idea sustancial exacta, puesto que en castellano no existe una forma verbal que pueda traducir con precisión el concepto revelado por Cristo en sus palabras. Esto se debe a que estas tienen una profundidad espiritual no percibida por la razón humana. Sin embargo, esta unidad tiene características peculiares que analizaremos a la luz de la Biblia, para que, con la ayuda del Espíritu de Dios podamos comprenderla y alcanzarla.

CAPÍTULO 1: CONCEPTO DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA


Una definición de Unidad de la Iglesia.
No es fácil definir, con una terminología humana, aspectos de la obra de Dios cuya causa es subjetiva y espiritual. Sin embargo, una definición, aunque sencilla, siempre arrojará un poco de luz sobre aquello que queremos enseñar o aprender. Diríamos que la Unidad de la Iglesia es un acto divino y sobrenatural, por medio del cual el Espíritu de Dios, al introducir al individuo regenerado dentro del Cuerpo - La Iglesia (1 Cor. 12:13) - lo coloca, primeramente en una relación íntima y vital con Cristo, Su Cabeza (Juan 15); y segundo, en una posición definida dentro del Cuerpo y en relación recíproca con respecto a los otros miembros del Cuerpo. (1 Cor.12:14-18), en virtud del amor de Dios que ha sido derramado dentro de sus corazones. (Rom. 5:5; Col. 2:2).

La base de la Unidad de la Iglesia.
La base sobre la cual se sustenta la unidad de la Iglesia es la unidad de la Deidad: “Padre, así como tu estás en mi y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros” (N.V.I.). Existen tres diferentes personas en el seno de la Deidad ,y sin embargo, notamos entre ellas una unidad perfecta de afecto, mente y designio. En todos sus planes existe una acción conjunta en que los tres cooperan, como uno que son, para lograr sus objetivos.

La Biblia nos enseña que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en la Iglesia, porque están, de una forma personal y por medio de la fe, en cada uno de los corazones de los creyentes. De modo que, el Padre está en nosotros y nosotros estamos en el Padre, Jesucristo está en nosotros y nosotros estamos en Jesucristo, el Espíritu Santo está en nosotros y nosotros estamos en el Espíritu Santo. Por lo tanto, la Iglesia como “cuerpo” está en Cristo y Cristo en ella para el logro de una unidad inquebrantable, indestructible y permanente.

A esta Iglesia que está en Él y Él en ella, se le ha concedido tener “Su mente” (1 Cor. 3:16), y se le manda a tener el mismo sentir que hubo en Cristo (Fil. 2:5). Dios produce en la Iglesia, “así el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad”(N:V.I) De tal forma que toda la personalidad de la Iglesia queda afectada por la morada interna de la Deidad conduciendo a cada uno de sus componentes a una actitud unánime para lograr la unidad del Espíritu.

La unidad de Cristo con la Iglesia es de carácter vertical. Se produce de arriba hacia abajo. Es la Cabeza la que busca la unión con su Cuerpo. Es el Cuerpo el que recibe la vida de la Cabeza. Sin Cristo no hay Iglesia, por lo que la iglesia que desplaza a Cristo muere. De igual forma que la cabeza está imposibilitada para llevar a efecto lo que piensa si no hay un cuerpo que, con sus miembros, la obedezcan, Jesucristo no podrá llevar a cabo sus planes salvíficos con este mundo, si no hay una Iglesia que sea capaz de obedecerlo y reflejarlo.

Es tan estrecha la relación que Cristo tiene que tener con su Iglesia que la compara con la relación existente entre los miembros de la Deidad: una relación insondable, incomprensible para la mente humana, pero perfecta, eterna y tan real como el sol que nos ilumina.

Cuando la Iglesia entienda que “sin Él” y “separados de Él nada se puede hacer”, ella se moverá con más conciencia hacia arriba buscando su Cabeza: dejará de pensar menos y permitirá que Cristo piensa más; dejará de moverse menos y permitirá que Jesucristo se mueva más en ella y por medio de ella; se anulará más para que Cristo sea el que crezca; se esconderá más detrás de la cruz y se crucificará con Cristo, para que con Cristo también sea levantada victoriosa del anonimato ante un mundo que no Lo conoce y el cual no Lo verá sino en ella y a través de ella.

El propósito de la Unidad de la Iglesia.
La unidad del Espíritu en el seno de la Iglesia tiene dos objetivos y genera dos efectos. Los dos objetivos son revelados por Jesús en Juan 17:21-23: 1º “Que el mundo crea”, y 2º “que el mundo conozca”. El primero se propone producir la suficiente fe en el mundo por medio de una percepción objetiva y práctica de esta verdad; el segundo se propone, por medio de una ilustración objetiva, traer el conocimiento que produce dos efectos: “Para que el mundo conozca que tú me enviaste” y “que los has amado como también me has amado a mi” . Esta verdad la podemos planear en forma sencilla:
Cuadro 1.

FE + CONOCIMIENTO = RECONOCIMIENTO DE QUE:

EL PADRE ENVIÓ AL HIJO
EL PADRE HA AMADO A SUS HIJOS, COMO A SU UNIGÉNITO HIJO.


La unidad de Su Iglesia es la tarjeta de crédito ante el mundo. A la Iglesia se le impone una suprema necesidad: producir la fe viva y el conocimiento recto de la verdad de Dios en un mundo ignorante del verdadero Dios. Es posible que, si hubiésemos entendido mejor las palabras de Jesús, hace mucho tiempo nos hubiésemos dado cuenta cuán errados hemos estado en cuanto la forma en que hemos querido que el mundo crea y conozca a Dios.

Gastamos recursos financieros en la evangelización de las almas, tenemos a cientos y quizás miles de misioneros alrededor del mundo, utilizamos la prensa, la radio, la televisión para explicar y dar a conocer el mensaje de Cristo, y sin embargo notamos que los resultados proporcionales no están equilibrados con la magnitud del esfuerzo que se hace. No quiero decir con esto que estoy en contra de tales inversiones y de tal actividad; las creo necesarias, imprescindibles; pero sería bueno detenernos en nuestra marcha y preguntarnos: ¿qué ve el mundo dentro de la Iglesia? ¿Qué es lo que el mundo oye hablar a la Iglesia? Mientras hablamos de fe a un mundo desesperado, ese mismo mundo no ve en la Iglesia su total dependencia de su Señor; mientras hablamos a las gentes, acerca del amor de Dios, nuestras propias actitudes, palabras y acciones se convierten en ondas que interfieren a sus oídos, y velos que cubren sus ojos; interferencias y velos que le impiden apreciar y reconocer, por medio de hechos objetivos, el amor que la Iglesia dice tener en su seno y profesarles a ellos. ¿Por qué digo esto? Por la sencilla razón de que todavía a estas alturas hay púlpitos, - esos lugares sagrados, destinados a proclamar “todo el consejo de Dios”- y hay diversos medios masivos de comunicación, - radio, televisión, prensa escrita -, que se han convertido en “ring de boxeo”, donde las palabras hirientes, las expresiones difamatorias contra líderes y organizaciones se traducen en rudos golpes lanzados contra un supuesto “contrincante”. Lo triste del caso es que hacen blanco, no en ese contrincante, sino, primeramente, en el mundo: un mundo que oye y cae, no de rodillas ante Dios y bajo la convicción de sus pecados, sino en el mismo infierno; un mundo que cae bajo el impacto del golpe contra la fe que debía nacer en él, y del cual no se recupera jamás. En segundo lugar, el blanco de esas palabras - golpes es la Iglesia que oye: la iglesia, que no recibe el conocimiento doctrinal para fundamentar y edificar su fe, sino prejuicios que afectan la sensibilidad cristiana de sus miembros; prejuicios que provocan que los creyentes se levanten contra sus propios hermanos en la fe, a los cuales ven como enemigos; prejuicios que atentan de lleno contra “la comunión de los santos”.

¿Qué se persigue?, ¿qué se logra? Solo juicio y condenación, porque al golpear la Iglesia se golpea a Cristo; al golpear la Iglesia se golpean a sí mismos lo que así proceden; al golpear la Iglesia impiden que el mundo crea y reconozca a Jesucristo dentro de ella; y los que así proceden tendrán que dar cuenta al Dueño de la Iglesia: Jesucristo. El Hno. Bruno Rady, presidente de la Iglesia del Nazareno en la Argentina, expresó ante un grupo de ministros aquí en Puerto Madryn las siguientes y acertadas palabras: “La base de las misiones es una Iglesia unida en el Espíritu porque para que el mundo crea tenemos que ser UNO como Cristo y su Padre son UNO”.

Quizás se me reclamará que generalizo, que no todos los cristianos obran igual. El asunto es que el mundo es el que no hace diferencia y ve en el proceder de unos pocos el proceder de todos. En la Biblia aparecen varios ejemplos de que el actuar de una parte del pueblo de Dios afectó a todos. Lamentablemente esta actitud ha estado dañando la labor misionera de la Iglesia a través de su historia y es imposible que permanezcamos en esta condición. ¿No es mejor recapacitar ahora, en estos momentos cruciales en medio de los cuales el mundo vive? ¿No sería más hermoso y efectivo que nuestro mensaje, en vez de encaminarlo contra alguien, lo encaminásemos a favor de Cristo? ¿No sería más positivo que, cada uno, desde la posición y lugar donde Dios lo ha colocado se preocupara por dar a conocer a Cristo y fomentar la fe de la Iglesia, contribuyendo con esto a la unidad del cuerpo y a la salvación de las almas?

Volquemos nuestra mirada a la Palabra, escuchemos lo que Dios nos habla, y entendamos que el propósito de Dios con la unidad de su pueblo no se llevará a cabo hasta que cada hijo de Dios aprenda a mirar a su hermano como su hermano y a la iglesia como el agente a través de la cual Él se da a conocer.

Naturaleza de la Unidad de la Iglesia.
La frase clave que la describe es “unidad del Espíritu”. Él es su fuente. La unidad es una capacidad de Él, promovida y generada por Él, pero dentro del Cuerpo. Espíritu e Iglesia se conjugan para producir la unidad. El Espíritu Santo es el agente activo que obra gloriosamente dentro del Cuerpo, la Iglesia, para producir la unidad; pero la Iglesia, dócil y maleable, participa también en este proceso, haciendo lo que el Espíritu le ordena, y recepcionando la bendición y los frutos. Es en la Iglesia donde el Espíritu Santo promueve las actitudes positivas que han de producir unidad. Veamos los siguientes cuadros.
Cuadro 2.CAUSAS Y NATURALEZA DE LA UNIDAD:

Unidos a Cristo-- Punto de convergencia-- Fuente de vida (Efe. 4:3)
Unidos por el Espíritu-- Factor Unitivo-- Agente motor (Ef. 4:3)
Unidos en amor-- Agente sacrificial-- Factor diluyente (Col. 2:2)
Unidos por los ministerios-- Elementos interactivos-- Factor edificativo (Efe. 4:6)

Cuadro 3
MANIFESTACIONES DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

Personalidad afectada por la
...............Unidad de mente
..........................Unidad de Parecer
......................................Unidad de sentir
.................................................UNIDAD DE PROYECCIÓN.
Hech. 1:14; 2:1; Ro. 12:16; 1 Co. 1:10; 2 Co. 13:11; Fil. 1:27.

Pero para poder entender la naturaleza de la unidad es necesario dejar bien establecido tres aspectos:
primero: qué es la Iglesia, en el sentido estricto del término;
segundo: qué es la Iglesia como organismo;
y tercero: qué es la Iglesia como organización.

Estos temas serán tratados en los próximos capítulos.

CAPÍTULO 2: MATERIA PRIMA PARA LA UNIDAD


¿Qué es la Iglesia?

Para responder a esta pregunta se han dado varias respuestas. Se ha dicho que la Iglesia está compuesta por todos los que han creído en Jesús como su salvador personal y han sido lavados en su sangre. Otros la describen como el conjunto de creyentes en Cristo Jesús que han sido regenerados por el Espíritu Santo. Estas y otras definiciones son correctas, pero contienen solo parte de la verdad. Ellas solo describen la obra del Espíritu Santo en el creyente, pero no describen qué es el creyente dentro de la Iglesia, pasando, así, por alto algo tan vital como las relaciones de éste con Cristo, la Cabeza y las relaciones con los otros miembros del Cuerpo. Son definiciones correctas, pero no completas, ni en su aspecto formal ni en sus repercusiones prácticas, porque con este sentido solamente tienden a producir creyentes pasivos y sin proyección de crecimiento.

Si analizamos la enseñanza bíblica, podemos definir la Iglesia de la siguiente forma:

Es un organismo visible, redimido por Cristo, regenerado por el Espíritu Santo, dentro del cual cada miembro guarda una relación íntima y vital con Cristo, Su Cabeza, y un vínculo estrecho de amor y colaboración con los demás miembros.
La palabra Iglesia, designa una colectividad de individuos llamados del mundo, en la cual todos conviven, se relacionan, se desarrollan, trabajan con un propósito bien definido, un objetivo bien marcado. Este propósito o fin es común a todos sus miembros, de tal forma que todo el esfuerzo empleado va encaminado a lograrlo. En esta empresa, todos y cada uno somos responsables. No podemos evadirnos. No podemos vivir dentro indiferentes, porque esta actitud nos convertiría en agentes extraños, en piedras de tropiezo, en estorbos, en barreras obstaculizadoras, en ramas infructuosas destinas a la poda y al fuego. Nuestra mente, nuestro corazón, nuestra voluntad deben estar embargadas por la conciencia del carácter divino y glorioso de que está revestida esta institución, del carácter divino de su vocación y del destino eterno al cual está llamada.

A Dios le ha placido hacer parte de Su Iglesia con todas sus características sublimes, a hombres sujetos, todavía, a debilidades para colocarlos en una posición honrosa y emplearlos en una empresa dignísima de la cual son inmerecedores. Esto implica la vigilancia constante de nuestras actitudes, sentimientos y aún pensamientos.. Un pensamiento obstinado, un sentimiento orgulloso, una actitud incoherente una acción carnal pueden ser causa de incisiones dentro del Cuerpo motivando con ello resentimientos amarguras y divisiones.

Hemos alcanzado, hemos hecho muchas cosas, hemos edificado tanto en el orden material como espiritual. Pero cuando hagamos una evaluación de lo que hemos hecho debemos preguntarnos: ¿a quién se lo debemos?. Quizás, de una forma muy sutil oigas una voz interior que te dice: ¿no es esta la gran iglesia que he levantado y el gran templo que yo edifiqué con la fuerza de mi poder y para la gloria de mi nombre?. Pablo responde: ¿Porque, quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido. Y si lo recibisteis, por qué te glorias como si no lo hubieras recibido? Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis...” (1Cor. 4:7-8)

Sin embargo, ¿A qué viene nuestro orgullo? Lo que somos lo debemos a Él, SOLO A ÉL. Esto es para que no pensemos en nosotros y solo en nosotros. ¿Es que acaso podemos vivir dentro de esta colectividad indiferentes, independientes, altivos, vanagloriosos, creyendo que somos únicos?; ¿es que todavía creemos que lo que hacemos, sea bueno o malo, no va a repercutir ya positiva o negativamente dentro del Cuerpo?. Es imposible mantener una actitud de “único” y de “señor” dentro de la Iglesia porque para ella solo se ha levantado un Señor único , y ese es Jesucristo el hijo de Dios. Esta posición no la logró mediante una actitud altanera, sino mediante una actitud de humildad a la que se nos manda a imitar. Confrontémonos, pues, con la Palabra, evaluemos nuestra actitud y busquemos nuestra posición: “Haya, pues, en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filp. 2:1-89). Otra actitud que no se ésta, implica una actitud vanagloriosa y contenciosa (Fil. 3:3), que golpeando indiscriminadamente contra la unidad del Cuerpo afectará, socavará, seccionará y matará a los miembros más débiles.

Solos no constituimos la Iglesia y mucho menos nos hace dueños de ella. El consejo sano es que busquemos nuestra posición dentro de la misma, que descubramos nuestra vocación personal y que actuemos consideradamente y consecuentemente; en esta forma nos constituiremos en instrumentos gloriosos en Sus manos. Evidentemente, esta posición, en un espíritu de amor y humildad, contribuirá a la cohesión, estabilidad y victoria.

La Iglesia es, pues, el medio en el cual nacemos, en el cual nos desarrollamos y crecemos, desde el punto de vista espiritual. Es el lugar provisto por Dios para dar y recibir; edificar y ser edificados, ser útiles a Dios y a nuestros hermanos: Es la Iglesia el lugar donde se consuman todas las ansias y anhelos sublimes de todo hijo de Dios. Con este sentimiento lograremos el mantenimiento de la unidad.
La iglesia como un organismo.
¿Qué es un organismo? Es el conjunto de elementos: miembros, órganos, tejidos, células que tienen vida y actividad propia. Todos ellos dependientes uno de los otros para su subsistencia y cuya vida depende de un elemento vital que lo satura todo. Un órgano solo, un miembro solo no compone un organismo. Cualquiera de ellos, separados del conjunto muere. Para ilustrar esta verdad Dios tomó como ejemplo el cuerpo humano. En el Cuerpo, cada órgano, cada miembro ejerce su propia actividad en pro y beneficio de todo el cuerpo. Esta actividad, y su dirección depende de un elemento vital: Cristo.

La Iglesia, en sus funciones como organismo vivo, incluye a cada uno de sus componentes con su actividad propia, pero en una relación dependiente y recíproca con los demás miembros. Cada miembro, separados del resto, muere irremisiblemente, porque cada uno contribuye al crecimiento del otro mediante sus propias actividades y cada uno recibe su crecimiento de acuerdo a la actividad y edificación que recibe el otro miembro. (Efesios 4:16)

Por otra parte, un miembro separado del Cuerpo muere, porque Cristo, del cual procede la vida, manifiesta esa vida a través del cuerpo. Él dijo: “Separados de mi nada podréis hacer”. Jesús toma como contexto para sus palabras otro organismo vivo: la vid y los pámpanos. Nadie puede tener contacto con Cristo si no está adherido a la vid. Vid y pámpanos, como cuerpo y cabeza representan la Iglesia, por lo cual nadie puede tener contacto y relaciones con Cristo fuera de la Iglesia. Nadie puede pretender tener relaciones con Cristo sin ser parte de la Iglesia. Ningún miembro puede ejercer sus capacidades sino dentro del cuerpo, porque es dentro del cuerpo donde cada miembro tiene una razón de ser. Extirpe un brazo o una pierna y déjelos que traten de vivir solos: mueren. Lo mismo pasa con nosotros fuera de la Iglesia: morimos.

Aquí podemos señalar la diferencia entre “seccionar” un miembro y “dividir el Cuerpo”. Cualquiera puede producir una segregación del cuerpo, pero esto no constituye la división del Cuerpo. Hay muchos líderes segregados, hay “Iglesias” seccionadas. Pero desde ese momento dejaron de ser Iglesia, porque cortaron sus relaciones con el Cuerpo. Ellos no están divididos: están seccionados y destinados a muerte, porque el Cuerpo no puede dividirse. Pablo pregunta a los corintios en su actitud diversionista: ¿Acaso está dividido Cristo?. El Cuerpo no se divide porque tiene vida propia: Cristo es su vida.

Ellos podrán mantener el nombre de Iglesia, pero no lo son; ellos tendrán grandes templos, pero no son Iglesia; ellos tendrán apariencia de “que viven, pero están muertos”; podrán llamarse a sí mismos cristianos, pero Cristo no está en ellos. Fuera del Cuerpo no fluye la vida de Cristo, por eso él dijo: “Sin mí nada podréis hacer”. El cuerpo humano puede vivir con los dos brazos y las dos manos seccionadas y sigue siendo cuerpo, sigue estando unido. Pero esos miembros seccionados, en cambio, dejan de ser parte del cuerpo, porque se han separado del mismo, y mueren, porque no tienen vida propia, porque su vida depende de su relación con el cuerpo. De la misma manera ocurre a nivel espiritual, con respecto a la Iglesia. A pesar de los miembros seccionados, ella sigue siendo Cuerpo, ella en sí misma sigue estando unida, ella sigue con vida, porque la vida de Cristo fluye a través de ella. Lo contrario ocurre con los miembros seccionados. Este tipo de unidad no contradice la diversidad, la variedad, porque la unidad no depende de las formas externas, sino de la naturaleza interna del organismo.

En el griego se utiliza una palabra significativa para designar la acción de dividir. Es el verbo choridzo que significa partir, dividir, hender, romper, separar, desgarrar; y en voz pasiva, henderse, separarse, dividirse. (1) De esta palabra griega se deriva el vocablo español usado para designar a ese tipo de embutidos llamados “chorizos” que en ocasiones ha deleitado nuestro paladar. Una de sus características es la división de la tripa embutida para producir el producto.

Ese es el término que Pablo utiliza 1 Cor. 1:10-13 para referirse a la situación de la Iglesia de los corintios, cuando les dice: “¿Acaso Cristo está dividido?”. Dentro de la misma Iglesia local habían surgido varios grupos que habían hecho de cuatro líderes sus respectivos dirigentes. Aún a los que se decían ser de Cristo, les inspiraba un espíritu sectario y divisionista. Pablo ataca esta postura apelando al hecho de que Cristo es UNO. Él no está ni puede dividirse. Los que le profesan lealtad son “hechos un espíritu con Él” (1 Cor. 6:17) por lo cual tampoco es posible la división. Es imposible “ser un espíritu con Cristo” y estar separados uno de los otros, porque la unidad con Cristo produce unidad entre los miembros de la Iglesia. Nuestras diversas opiniones, nuestras diferencias de ideas, nuestros puntos de vista, nuestras interpretaciones, nuestras preferencias “liderísticas”, nuestros intereses personales no son aceptados por Pablo como excusas para seccionar el cuerpo, para tratar de romper el espíritu de unidad dentro del Cuerpo; pues toda esta postura es producto de una actitud y sentimientos inmaduros y carnales que nublan la visión de la unidad.

Otro vocablo griego es meridzo que significa: dividir, distribuir, repartir. JESUCRISTO emplea la misma palabra en la parábola de la Vid y los Pámpanos cuando dice: “Separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15. Él establece definitivamente la imposibilidad de poder subsistir solos, por nuestra cuenta, aparte, ya que sus miembros no están capacitados para subsistir por cuenta propia. Vea que Jesús habla en plural; es el conjunto de creyentes (La Iglesia), - cada uno de ellos como partes integrales de la vid -, al que le es imposible vivir sin Cristo. Esta verdad se transfiere a cada rama en lo particular.

Las ramas fructíferas no son cortadas, sino limpiadas de todos los elementos que, aunque son partes de la rama por su naturaleza constitutiva, sin embargo nada producen e impiden la producción. A diferencia de éstas, las ramas infructuosas son “quitadas”, sacadas, apartadas, seccionadas del conjunto, porque antes de ser de bendición, roban la bendición y afectan las ramas fructíferas. En este acto de poda no se produce división, sino sección. Los que son seccionados mueren; los que son limpiados viven y llevan frutos. En ocasiones los seccionados se ufanan creyendo que todavía viven, pero su verdor se tonará gris y por fin terminarán en “la quema”; el colapso definitivo viene galopante y su hedor se desparramará por todos los lugares. Todo es cuestión de tiempo. (2)

El elemento que vitaliza y estimula a este organismo es el Espíritu Santo de Dios. Desde el mismo momento que una persona se convierte; es el Espíritu Santo el que lo pone en contacto con Cristo a través del Cuerpo (1 Cor. 12:13). Es el Espíritu Santo el que lo une al Cuerpo (12:20), es el Espíritu Santo el que los hace fructificar dentro del cuerpo (Gál. 5:22-25); es el Espíritu Santo el que dota de poder dentro del Cuerpo (Hech. 1:8), es el Espíritu Santo el que reparte de sus dones y ministerios dentro del Cuerpo (1Cor. 12; Rom. 12:5-8), es el Espíritu Santo en que los capacita para funcionar dentro del Cuerpo. Es el Espíritu Santo el que satura todo el Cuerpo produciendo su unidad y vinculando todos sus miembros en Cristo. Es el Espíritu Santo, “funcionando” como Espíritu de Cristo el que hace que Cristo viva su vida en este mundo a través de su cuerpo; se manifieste al mundo a través de su Cuerpo; poniendo en actividad toda la complejidad de este organismo llamado Iglesia, para que el mundo lo pueda identificar dentro de ella, lo pueda encontrar en ella y puedan encontrar en ella la fuente de gracia, amor y libertad.
La Iglesia como organización.
¿Qué es una organización? Organizar es poner en orden lo que está desordenado; colocando cada cosa en su lugar de tal forma que todo funcione armónicamente y cumpla su cometido lógico. Hay una relación estrecha entre “organismo” y “organización”, pero a la vez hay diferencias. Dijimos que en un organismo había vida, sin embargo en algo organizado no necesariamente tiene que haber vida. Usted entra en un cementerio y allí está todo bien organizado. Cada panteón o bóveda está colocada en secciones o áreas, aún tienen jardines que hermosean el lugar, sin embargo allí no hay vida humana. Usted entra en una casa y contempla la buena proporción de sus habitaciones, la buena ubicación de sus muebles, de tal forma que, usted puede apreciar el orden perfecto, pero en eso no hay vida. Sin embargo en un organismo vivo sí hay organización, porque la organización es inherente al organismo. Todo organismo tiene cierto grado de organización. La Iglesia, como organismo es también una organización. En la organización de la Iglesia actúa el Espíritu Santo ordenándolo todo, armonizándolo todo. Donde está actuando el Espíritu Santo tiene necesariamente que haber orden y organización. Dios es un Dios organizado. Este es un principio celestial.

La visiones de Isaías 6 y Ezequiel 1 y 2 nos revelan el alto grado de organización dentro del mundo espiritual. Los diferentes rangos dentro de las huestes angelicales nos hablan de orden. La Biblia nos habla de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y otros seres no bien definidos. Todas estas criaturas celestiales están sujetas a Dios en plena sumisión y obediencia, contribuyendo al orden y la armonía. La obediencia y la sujeción son factores inherentes a la organización racional. Las criaturas racionales tienen la capacidad óptima para entender este principio que rige dentro de la organización y son los que están en capacidad óptima y especial para mantenerla por medio de la sujeción a ella. Por eso, los ángeles, como criaturas racionales, obedecen a “la voz de Su precepto”.

Pero aún dentro de los espíritus malos podemos observar todavía los rasgos de esa organización que tuvieron cuando estaban en el cielo adorando a Dios. La Biblia nos revela principados, potestades, gobernadores de las tinieblas, huestes espirituales de maldad en los aires. Ellos conservan su organización por medio de la obediencia incondicional a su dios, Satanás, para oponerse a la organización de Dios aquí en la tierra: La Iglesia.

Una mirada al Universo que nos rodea, nos revela que uno de los principios divinos es el orden y la organización. La Biblia nos revela leyes que rigen esa organización y establecen el orden que regula toda la creación. (Jer. 31:35-36; Sal. 19:1-6; Isa. 40:12-14; Isa. 48:13). Este mundo del cual somos partes da evidencias de organización. Hay una diferencia bien marcada entre los tres grandes reinos: el animal, el mineral, y el vegetal. A cada uno les rige leyes inherentes dadas por Dios para su desarrollo armónico. En el mundo en que vivimos, las naciones tienen que mantener, necesariamente, un alto grado de organización internas y establecer leyes que ayudan para que las gentes vivan seguras y en paz.

Echamos una mirada al A. T. y vemos aplicado este principio organizativo entre el pueblo y Dios. La acción de Dios en el proceso de formación de una nación escogida para dar a conocer su nombre y su voluntad al mundo implicó la necesidad del factor organización. Es de notar que todo este principio organizativo interno, con leyes reguladoras contribuía a la efectiva cohesión del pueblo. Leyes morales, civiles, y religiosas unificaban la vida nacional haciendo que cada israelita se sintiera parte del pueblo, se sintiera responsable ante ese pueblo, comprometido hacia ese pueblo del cual era parte integrante. Esta organización y unidad dependían, en efecto, de sus relaciones con Dios. Cuando esas relaciones se opacaban por la desobediencia, su unidad política y religiosa eran afectadas; cuando volvían en paz con Dios, experimentaban nuevamente la unidad y la estabilidad.

Teniendo en cuenta estas realidades cabe la pregunta: ¿Pasaría, Dios, por alto ese principio vital dentro de su Iglesia?. Hay quienes se aferran a no querer reconocer el factor organizativo dentro de la Iglesia. Repelen todo lo que huela a organización. El pensar en estar sujeto a autoridades superiores a ellos les es una blasfemia. Desdeñan el orden, son incapaces de sujetarse al gobierno de la Iglesia; les inspira un espíritu de anarquía que atenta, muy especialmente contra ellos mismos. Se autotitulan ellos mismos de “libres”.

Sin embargo, podemos preguntarles, ¿libres de qué o de quién?. Yo los ayudaría a responder: libres de obedecer; libres para hacer lo que quieren y como quieren; libres para, desde afuera y con un espíritu profundamente sectario, tener la libertad de criticar, murmurar, y afectar la Iglesia, al influir en aquellos con los cuales ellos se relacionan, prejuiciándolos contra la verdadera obra que Dios está llevando a cabo dentro de Su pueblo. Libres para presentarle un frente de combate a la obra de Dios; libres para sentirse orgullosos de no pertenecer a nada ni a nadie; libres de responsabilidades. Sin embargo, mientras que en ellos no hay una disposición de sujetarse, buscan adeptos, seguidores para que se sometan incondicionalmente a ellos y ,a la postre, se convierten ellos mismos en líderes de una “organización libre”.

Tal parece que el mismo espíritu anárquico que inspiró antes a Luzbel, el mismo espíritu anárquico que inspiró a nuestros primeros padres, el mismo espíritu que los guió a rebelarse contra Dios y que ha venido rigiendo los destino del este mundo, también halla lugar en el corazón de algunos produciendo, como siempre, confusión, caos, afectación y espíritu divisorio.

El no querer reconocer la necesidad del factor organizativo dentro de la Iglesia, es faltarle el respeto a la dignidad de Dios y tratar de hacerlo cómplice de todos los estragos que causa esa actitud orgullosa y carnal. Dios ha creado a la Iglesia para que ella sea el instrumento de vindicación de todas las buenas cosas que el hombre perdió al principio. Es dentro de la Iglesia donde Dios comienza a restaurar el orden en el Universo por medio de la obediencia y sumisión a su santa y divina voluntad. Es dentro de la Iglesia donde la oración de Jesús comienza a ser una realidad progresiva, histórica y trascendente: “Sea hecha tu voluntad, como en el cielo también en la tierra”. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a ser humilde por medio de la obediencia. Es dentro de la Iglesia donde el hombre obtiene un sentido real de la sujeción. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a organizar su vida, aprende a convivir con el resto de sus hermanos. Es dentro de la Iglesia donde Dios nos enseña la obediencia por medio de la obediencia a los demás; la sujeción por medio a la sujeción a los demás; el reconocimiento a Su autoridad por medio del reconocimiento a la autoridad delegada y establecida dentro de ella representada por medio de humanos; es dentro de la iglesia donde el hombre se da cuenta que se mueve en un medio organizado donde una actitud que viole estos principios altera el orden y produce caos. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a asumir una actitud responsable contribuyendo, con su esfuerzo y espíritu de colaboración, a que la Iglesia sea lo que Dios quiere que sea: una unidad indisoluble.

Sin embargo, todo lo anterior hace que adoptemos una actitud recta sin ir a extremismos que hagan nulos los beneficios de organización. Un verdadero enfoque es este factor, contribuirá al buen funcionamiento de la obra de Dios. Debemos evitar, pues, dos extremos: 1ro. Querer ignorar todo tipo de organización visible dentro de la Iglesia pasando por alto los principios de autoridad y sujeción dentro de sus miembros y 2do. Poner todo énfasis en la organización pasando por alto la dependencia que cada miembro tiene del Espíritu Santo. El primero da por resultado libertinaje sin control divino y el 2do. control humano sin libertad espiritual.
CONCLUÍMOS, PUÉS, QUE LA IGLSIA ES UN ORGANISMO ORGANIZADO, EL ORGANISMO IMPLICA VIDA, LO ORGANIZADO IMPLICA ORDEN. ESTOS FACTORES SIN INSEPARABLES Y ES UN PRINCIPIO QUE RIGE, TANTO EN EL ÁMBITO CELESTIAL COMO EN EL ÁMBITO TERRENAL. LO DEMÁS ES REBELDÍA SIFRAZADA DE CELO.
Elementos que estructuran la unidad de la Iglesia: Efesios 4:1-6.
Cuando la Biblia nos habla de unidad espiritual nos habla también de una estructura espiritual a través de la cual el Espíritu actúa y la mantiene. Efesios 4:1-6 es la clave para este aspecto. Analicemos su naturaleza:

a) Un Cuerpo.- En esta palabra está implícita la cohesión sustancial de la Iglesia. No son dos cuerpos por lo tanto no son dos Iglesias: es una Iglesia, la de Jesucristo. Nos habla del la unidad mística del Cuerpo. No habla del nombre de una denominación terrenal, del nombre de una parte de su cuerpo, de un grupo localizado en el globo terráqueo, o de una facción superespiritualista. La Iglesia es una y ella trasciende a todas las barreras con que los hombres han querido cercarla a su discreción y para sus intereses sectarios.

b) Un Espíritu.- Nos habla de la fuente generadora y única de la unidad. La Iglesia es un Cuerpo, porque hay un Espíritu. Este actúa como Espíritu de gracia, de santidad, de libertad, de poder: como Espíritu de Cristo. Espíritu que rige y dirige a cada miembro a un objetivo común: su unidad.

c) Llamados a una misma esperanza.- Nos enseña que a Su Iglesia le caracteriza una vocación celestial y su destino es el Cielo. Es el Cielo la meta hacia la cual se proyecta una Iglesia en unidad y donde nuestra unión será no solo perfecta, sino eterna. Esto se debe a que Dios “se había propuesto en sí mismo reunir todas las cosas, en la dispensación del cumplimieto de los tiempos, así las que están en el cielo, como las que están en la tierra. En Él tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo”. (Efesios 1:9-12, véase también vs. 13-14.

d) Un Señor.- Ese es Cristo Jesús. Él ejerce su soberanía y señorío dentro de la Iglesia porque es Dueño de ella. Él se mueve dentro de ella. No está ajeno a toda su actividad porque es él quien la produce, dirige y la guía haciendo real Su presencia por medio del Espíritu Santo de Dios. “...y en medio de los siete candeleros (vi) a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro...Tenía en su diestra siete estrellas...El misterio de las siete estrellas que has visto, y de los siete candeleros de oro: las estrellas que has visto son los ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete Iglesias...” (Apoc. 1:13, 16 y 20). Jesucristo está y se mueve entre su Iglesia. En “sus manos” está el destino de ella y el destino de ella es el Cielo. La Iglesia tiene un solo Señor: Jesús.

e) Una fe.- Esto implica su uniformidad doctrinal sobre las verdades fundamentales ultranecesarias para concretarse los propósitos eternos de Dios: 1°. La Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) como única revelación de la voluntad del Verdadero Dios al hombre. 2°. La realidad del mal llamado pecado, causa única que ha producido la caída del hombre y su separación de Dios. 3°. El sacrificio redentor y expiatorio de Jesucristo sobre la cruz y a favor del hombre, como única provisión de salvación eterna para el pecador y forma exclusiva de restaurarle al hombre su comunión con Dios. 4°. La fe y el arrepentimiento como únicos elementos (por parte del hombre)capaces de hacer real la gracia salvadora de Dios en el hombre “muerto en delitos y pecados”. 5°. Futuro regreso de Jesucristo a la tierra, implicando la resurrección de los justos, el juicio de los impíos, la derrota definitiva de Satanás y el establecimiento definitivo del Reino de Dios sobre la Tierra. Esta declaración de fe está implícita en la creencia de la Iglesia de Jesucristo y sostenida y mantenida a través de la historia. Por esa fe muchos dieron sus vidas y por esa fe muchos están dado sus vidas. Hay una sola fe y ella se deriva de su fuente “Jesucristo (Palabra encarnada) el autor y consumador de la fe” y la Biblia (Palabra escrita) pues “la fe viene por el oír la Palabra de Dios”.

f) Un bautismo.- Único símbolo externo que significa, primero, nuestra total identificación espiritual con Jesucristo a través de Su Cuerpo y, segundo, como un acto objetivo para representar una realidad interna y subjetiva: la Obra regeneradora del Espíritu Santo dando como resultado nuevo nacimiento. (Rom. 6)
g) Un Dios y Padre de todos.- Implica el reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios en toda la plenitud de su unidad sustancial y revelado en la persona del Hijo y la persona del Espíritu Santo constituyéndose como Padre de una familia espiritual llamada la Iglesia.



Notas:
(1) Otros vocablos griegos relacionados: xoris - adv. separadamente, por separado, en particular,, por su cuenta, aparte. // Prep. de genitivo: separadamente de, de modo diferente que.
xorizo - separar, dividir, apartar, distinguir // V. Pas. estar separado o dividido; alejarse, separarse; ser diferente, diferenciarse, distinguirse.
xorismo. V- separación.)

(2) Juan 15: 2.- “Lo quitará”. airei - airos - (entre otros significados) - sacar, apartar, quitar; quitar de en medio, matar. “Lo limpiará”. kaqairei - kaqairo - limpiar, lavar; podar. Hay dos acciones que hace el podador: Limpiar y cortar.

CAPÍTULO 4: LEYES QUE RIGEN LA UNIDAD DE LA IGLESIA


Ley de la diversidad en la unidad (vv. 4-13).
La revelación de esta ley está expresada por el apóstol Pablo en el v. 12: “De hecho, aunque el cuerpo es uno solo, tiene muchos miembros, y todos los miembros, no obstante ser muchos forman un solo cuerpo. Así sucede con Cristo”. Como Jesús en su oración intercesora (Juan 17:21-23), Pablo determina el establecimiento de la pluralidad en la unidad del Cuerpo de Jesucristo sobre las bases de la unidad de la Deidad. En 1 Cor. 12:1-6 se encuentran tres expresiones que nos dan la clave:

v. 4. “Hay diversidad de dones, pero EL ESPÍRITU ES EL MISMO”.
v. 5. “Hay diversidad de ministerios, pero EL SEÑOR ES EL MISMO”
v. 6. “Hay diversidad de operaciones, PERO DIOS ES EL MISMO”.

La pluralidad es opuesta al absolutismo, pero también es opuesta al diversionismo. El obsolutismo y el diversionismo son los polos opuestos o posiciones extremas de la unidad espiritual. Ambos son extremadamente dañinos.

En la posición del absolutismo religioso, el que dirige se convierte en un “señor de la grey”, sin limitaciones de autoridad, ni reconocimiento hacia otras autoridades. Absolutamente todo está subordinado a él y, por lo tanto, todo aquél que intente ejercer cualquier tipo de autoridad es excluido y marginado. A tal extremo llega en esa postura, que trasciende el marco de “su” iglesia y se proyecta hacia otras iglesias: no reconoce la autoridad pastoral de otras Iglesias Locales. Margina y se margina, porque su posición absoluta excluye toda relación. Se mantiene así en una actitud independiente. Aunque lo niegue, su proceder no nace de un celo santo y divino, sino de un falso celo o celo sin ciencia que lo impele a adoptar una posición autocrática, autónoma, autoritaria, dictatorial y totalitaria. Él mismo se sectoriza y secciona, y sectoriza y secciona a un grupo determinado, en el que se produce, más tarde o más temprano la muerte espiritual, porque “separada del tronco la “rama” se secará y quemará”. Todo es cuestión de tiempo. Un ejemplo propio de esta actitud se encuentra en 3 Juan v. 9 y 10, con el caso de Diótrefes del cual trataremos mas adelante.

Por otra parte, el diversionista confunde el concepto de diversidad, - dentro de la cual la variedad no pierde la esencia de su naturaleza común a pesar de las diferencias de formas. En la actitud diversionista, las formas toman el lugar de la esencia; por lo tanto pone énfasis en el aspecto visible y la diferencia externa, factores que tienden a opacar o anular la naturaleza interna y común de los diferentes grupos. La diferencia se constituye en una piedra de tropiezo, porque toman como patrón de unidad su propio formato: las formas asumidas por ellos mismos. Lo que no se acomode a esos patrones es rechazado. Por lo tanto, el diversionista, aunque cree en la diferencia se aísla, porque lo QUE NO SE PARECE A ÉL, NO TIENE LA POSICIÓN CORRECTA. Tiende, pues, de igual forma que el absolutista a aislarse del grupo, viviendo “su propia vida” (fugaz y pasajera) y perdiendo así la bendición de la comunión. Un ejemplo de esta actitud la tenemos dentro de los corintios, 1 C or. 1:11-13.

Tampoco es FUSIÓN. En la fusión se despersonalizan las parte. Éstas pierden su identidad. El todo se convierte en una masa informe donde se confunden los elementos, donde se pierde la sustancia, donde falta el orden. Las fronteras se borran, donde todo el mundo es y nadie es. La idea de la fusión denominacional, que algunos sectores fomentan, altera el sentido y espíritu de la verdadera unidad espiritual. Es una utopía. Dios ha forjado la unidad espiritual de tal forma que es imposible la fusión disolvente. Dios tenía, en el A. T. Un solo pueblo, pero doce tribus. Cada tribu con sus nombres identificativos , sus características especiales y una idiosincrasia particular. Fue Dios el que distribuyó las tribus, el que las delimitó colocando fronteras. A Dios no le interesaba amalgamar, ni fusionar tendiendo a la pérdida de la identidad tribal. La unidad de ellos no consistía en la renuncia de sus fronteras, ni en la adopción costumbrista de otras tribus, Cada una de ellas eran lo que eran y cada una jugaba un papel importante dentro de los planes de Dios. Las unidad nacional estribaba sobre el reconocimiento de “un solo Señor, (Jehová, ) una sola fe, (La Ley), de un solo sistema de adoración y un propósito común: Ser luz a las naciones paganos en medio de las cuales ellos vivían..... Esto era lo que unía a las diferentes tribus para que fueran un pueblo. “Porque tu eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, mas que todos los pueblo que están sobre la tierra.” (Deut. 7:6 comp. Con Éxo. 19:6)

Estos fundamentos antiguotestamentarios se proyectan hacia la Iglesia. Estas mismas palabras son aplicada por Pedro y Jesús a la Iglesia (1 Pedro 2:4-10; Apoc. 1:6). Cuando Jesucristo se revela a Juan en la isla de Patmos, elige un grupo de iglesias locales del Asia Menor, como representativas de la Iglesia histórica y universa Ver Apocalipsis 2 y 3)Observemos:

1o. Las menciona a cada una independientemente (: “Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso”.
2o. Las ubica físicamente: “En Efeso”.
3o. Reconoce la individualidad de cada una: “Escribe al ángel DE LA IGLESIA”.
4o. Reconoce problemas individuales, puntuales de cada una.
5o. Pero reconoce la pluralidad objetiva y física de la Iglesia: “El que tiene oídos oiga lo que el Espíritu dice A LAS IGLESIAS. Se aplican los mismos principios que a Israel. LA IGLESIA-LAS IGLESIAS.

Su unidad se basa sobre el hecho de que Jesús “anda en medio de los siete candeleros de oro”. Las une “un Cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios” Efe. 4:4-6, todo ello para un fin común: “Anunciar las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable”. (1 Pedro 2:4-10)

El ecumenismo pretende infructuosamente lograr lo anterior. Pero la unidad espiritual tampoco es Ecumenismo: es Palabra de Dios. El Ecumenismo es una caricatura humana de la Unidad del Espíritu, impulsada por un espíritu humanista con un concepto errado de lo que es UNIDAD. Es un intento de amalgamar los miembros con “prótesis” que no tienen nada que ver con la naturaleza espiritual de la Iglesia. Es el intento de mezclar el aceite y el vinagre: por muy fuertemente que se agite la mezcla solo se produce una aparente unión, después de un tiempo determinado, los elementos se separan y marcan su diferencia. La Biblia no habla de unidad como una fusión de “Israel” con “filisteos”, “asirios” y “babilonios”, sino de la unidad de “Judá” con “Benjamín”, “Manasés”, “Rubén”, etc.

Esta verdad (la ley de la diversidad en la unidad) es difícil de asimilar, pero aunque no la entendamos, aún más, aunque la rechacemos, ella no va a alterar en nada su naturaleza benefactora para aquellos que la aceptan. El rechazo a ella tampoco va a decidir o variar la voluntad de Dios. Esta ley es lúcida y transparente en la Biblia y su vigencia y efectividad son eternas. Esta verdad está enseñada en la Palabra, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, de tal forma que, aunque algunos no la tengan en cuenta, ella no va a ser alterada en nada. Pero si creemos en la unidad del Cuerpo tenemos que sentirla y promoverla en la forma bíblica. Si no hay este sentir en ti, esta actitud es evidencia que NO ERES DEL CUERPO TODAVÍA, porque a todos los miembros del Cuerpo les caracteriza un mismo sentir porque es el sentir de Cristo, y este sentir tiene en cuenta a los demás en busca del bienestar de todos.

Esto no tiene nada que ver con organizaciones ni denominaciones, no tiene nada que ver con títulos ni nombres, esto tiene que ver CON EL CUERPO DE CRISTO. Esto no tiene nada que ver con conceptos personales, ni actitudes prejuiciosas, esto tiene que ver con la naturaleza divina de la unidad y con UN MANDAMIENTO de obediencia insoslayable e impostergable; por lo tanto obedecemos, o nos convertimos en anarquistas y rebeldes.

Ley de la dependencia (vv. 14-21).La unidad de todos los miembros, implica una realidad: la necesidad que tenemos los unos de los otros. Las manos necesitan ser alimentadas a través de la boca, pero a la vez si ellas no llevan el alimento a la boca, todos desfallecen. A las manos no les queda otra alternativa que hacer su tarea: es la única forma de recibir los beneficios del trabajo de la boca.

Esta ley se aplica a todos y cada uno de los miembros del Cuerpo a la vez que impide que nos creamos todo suficientes. Con la actitud de independencia e independentistas, los primeros perjudicados seríamos nosotros mismos porque esto nos induciría a despreciar el regalo que Dios nos hace, al poner a nuestra disposición el servicio de los demás ministerios. En esta ley se contempla también un axioma espiritual: “El ojo no puede decir a mano: no te necesito” (v. 21).

Sin embargo es necesario tener cuidado con los extremismos en la aplicación de esta ley. El primero de ellos es el extremismo “dependentista”, que puede manifestarse en lo que pudiéramos llamar cristianos y aún iglesias “en calidad de dependencia” espiritual. Permanecen “bebés” toda una vida, no hay crecimiento ni madurez. Son como a las criaturas que hay que hacérselo todo porque no son capaces de valérselas por sí mismos. Esto no descarta, por supuesto, el fenómeno del cual la Biblia nos habla: que dentro de las congregaciones habrá niños espirituales a los cuales hay que sobrellevar, y que son permitidos por Dios para pulir nuestro carácter en paciencia y amor. El “dependentismo” espiritual se presenta cuando el número de “bebés” espirituales, a nivel miembros de congregación, o a nivel congregaciones en sí, crece desmedidamente.

Otro extremo o peligro de la mala aplicación de esta ley es la posibilidad de que algún líder o iglesia, movidos por un espíritu paternalista, asuma un papel de “completo en sí mismo”. ¿Cómo se manifiesta esta problemática? La persona o congregación que adopta tal postura se levanta como único previsor y solucionador de los problemas, como sustentador permanente de los de espíritu pueril, que nunca tienen la posibilidad de crecer. Tal conducta imprime en los otros un complejo de insuficiencia y dependencia paternal permanente, creyendo que esa es la condición normal dentro del cuerpo.

En la ley de la dependencia todos están en el mismo nivel y con la misma capacidad para dar y recibir, pero todo debe producir CRECIMIENTO Y MADUREZ. (Efe. 4:16).Como ley, la ley de la dependencia necesita de nuestra obediencia, de lo contrario nos convertimos en anarquistas y rebeldes.


La ley de la compensación (vv. 22-27).
“Así Dios ha dispuesto los miembros de nuestro cuerpo, dando mayor honra a los que menos tenían” v. 24

La pregunta que surge aquí es: ¿Qué medios usa Dios para suplir a los otros miembros lo que a ellos les falta? El v. 25 nos da la respuesta: “a fin de que no haya división en el cuerpo , SINO QUE sus miembros SE PREOCUPEN POR IGUAL UNOS POR OTROS”. Hermano, líder, , Dios te ordena que te preocupes por el hermano al que le falta lo que tu posees, para que le ministres de acuerdo con la capacidad que Dios te ha dado (1 Ped. 4:10). Iglesia Local, (y por qué no: DENOMINACIÓN) que tienes en tu seno una capacidad ministerial amplia, Dios te ordena: preocúpate por las congregaciones pequeñas; ayúdales a edificarse AUNQUE NO LLEVEN TU MISMO RÓTULO. Tú solo no eres todo el Cuerpo. Comparte con aquellas a las cuales le falta lo que tú tienes. Ellas son también miembros del Cuerpo de Cristo. Comparte con ellas la honra que Dios te he dado. Interésate por ellas y la descompensación terminará.

Por otra parte, tú que necesitas ayuda, pide ayuda y déjate ayudar. Revístete de humildad y reconoce tus limitaciones. No te quejes si nadie te visita, si nadie te tiene en cuenta, si te pasan por alto. Usa los ministerios que están a la mano. Que tu orgullo no impida a las manos extendidas mostrar su generosidad. Dios quiere darte, abre tu corazón para recibir.

En la ley de la compensación, el amor se libera, la bondad se hace una realidad, la generosidad toma un lugar predominante. El amor de Cristo irradia así a través de la Iglesia, a la cual ha colocado como la luz del mundo y como Su testimonio para que el mundo crea.

Como precaución, se debe evitar el abuso en el uso de la ayuda. Cuando la Iglesia ayudada o el creyente ayudado está en capacidad de caminar de por sí, es bueno cortar “el cordón umbilical” y colocarse en calidad de ayudador para hacer crecer a otros. Para crecer, hay que ayudar a crecer.

Como esto es un mandamiento, si no obedecemos, nos convertiremos en anarquistas y rebeldes.

La ley de la ministración (vv. 28-31).
Esta idea de Pablo, es compartida con Pedro cuando nos dice: “Cada uno, ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” (1 Pedro 4:10). ¿Para qué Dios nos ha colocado dentro del Cuerpo? La respuesta no se demora: “Para administrar a otros la gracia de Dios en sus formas múltiples de obrar” . Los dones y ministerios no son para hacer alarde de ellos. Tampoco para humillar a nadie, ni para aparentar que somos mejores. La ministración de los dones debe ser ejercida con toda humildad, teniendo en cuenta que “nada tenemos que no hayamos recibido, y si lo recibimos ¿de qué gloriarnos?” (1 Cor. 4:7).

En la ley de la ministración, cuanto más damos, mas recibimos de Dios. Él aumenta nuestra capacidad y potencial ministerial. No temamos, ni tengamos en poco el ministrar lo que hemos recibido a aquellos que lo necesitan, a los que son más humildes, pues ellos son también partes de este gran Cuerpo. Ellos también, de alguna forma, nos ministran y complementan de acuerdo con la ley de la compensación.

Pero para esto también hay que revestirse de humildad: reconocer que aunque tenemos mucho y somos grandes, todavía necesitamos del más chico y del que menos tiene. Lo poquito que tiene el chico es lo que falta al grande que tiene mucho. Sin esto poquito no estás completo. ¡Deja que los de abajo te ministren también; aunque no lo creas, ellos también tienen algo que ofrecerte!. Recuerda que las grandes multitudes llegan a necesitar de los panecillos de un solo chico.

“ÉL MISMO CONSTITUYÓ a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y maestros, A fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra del servicio, para edificar el cuerpo de Cristo”. (Efe. 4:11-12)

Esta ley, como ley, es un mandamiento para ser obedecido: u obedecemos, o nos convertimos en anarquistas y rebeldes dentro del Cuerpo, y para los rebeldes está destinado el rechazo de Dios.

Actitudes positivas y negativas.Por regla general, cuando Dios va a hacer algo a favor del hombre, lo hace en cooperación con éste. Él lo incorpora a Su obra para llevar a efecto Sus planes a favor del mundo y de la Iglesia. Como Iglesia de Jesucristo, somos nosotros los llamados a contribuir con Dios para fomentar el máximo ideal de Dios para con Su Iglesia: su unidad y armonía, asumiendo una actitud madura ante cada circunstancia para poder cooperar con Dios a la concreción de sus propósitos. Sin embargo, podemos asumir una actitud incorrecta que perjudique a esos planes. Analicemos, pues, lo que Pablo nos expone en 1 Corintios 12.

Actitudes negativas:
Indiferencia. (“No soy del cuerpo...” 1 Cor. 12:15).

La indiferencia se produce por dos razones:

Primero: la ignorancia del papel que se juega dentro del Cuerpo de Cristo, que hace que el miembro asuma una postura impasible ante sus responsabilidades y a veces las rechace. Para sacar de la ignorancia está la enseñanza. Casi siempre, en estos casos, cuando la persona se da cuenta de que es algo y tiene algo para dar, comienza a actuar.

Segundo: la amargura, la falta del reconocimiento al trabajo personal, los problemas internos de la Iglesia, la falta de incentivo humano, los roces, los resquemores, llegan a producir una profunda incisión en el corazón, volviendo a la persona indiferente e irresponsable. Ella misma se aísla, se convierte en criticona. El resultado es que, a la larga se produce un daño tanto en ella como en la obra de Dios. Estas situaciones pueden ser previstas por medio de la enseñanza que permite la maduración de los miembros del Cuerpo, en todos los sentidos; pero cuando la persona ha caído en la triste condición de amargura, es necesario sanidad para su alma. Solo Jesucristo es capaz de transformarla cuando ésta, sinceramente, se vuelve a Él.

Imprescindibilidad (“Ser todo el cuerpo...” 1 Cor. 12:17).

Cuando algún miembro del Cuerpo se cree imprescindible, llega a pensar que solo él es capaz de hacer todo el trabajo. Si otro lo hace, no queda bien, su intervención es absolutamente necesaria. No hay otra persona capacitada como él.

Esta actitud es nociva: limita e interfiere en el desarrollo a otros ministerios e impide que surjan nuevos. Surge también como producto de dos factores:

Primero: Como siempre, la ignorancia, que es la madre de muchos males. En este caso, sin embargo, el pastor tiene que tener cuidado de no mal interpretar a esta clase de personas, pues no siempre los mueve un espíritu malo, sino un celo sin ciencia, la inmadurez y el mejor deseo de ser útiles. Después de detectar el móvil, el Pastor con sabiduría, enseñará y canalizará todas las energías, ímpetus y capacidades para el máximo aprovechamiento del potencial que hay en estas personas.

Segundo: un espíritu de liderazgo nato en la persona. El Pastor, con paciencia, enseñará, preparará, capacitará y encaminará a estos miembros. A los líderes que surgen dentro de la Iglesia Local hay que definirles el trabajo a realizar. A veces hay que encaminarlos para que desarrollen sus ministerios en campos más amplios. Si los retenemos, en vez de ser de bendición, traerán problemas y les haremos daño a ellos también.

Autosuficiencia (“No te necesito...” 1 Cor. 12:21).Esta actitud entra sutilmente en el corazón. Es producida por un espíritu de autodependencia y menosprecio de las capacidades de otros. Hay una diferencia entre la actitud anterior a ésta. Mientras que la primera mueve a la persona a hacer demasiado (lo de ella y lo de otros), en la segunda, la persona tiende a ser egoísta, pues no solamente desprecia la ayuda que los otros le proporcionan porque la creen innecesaria, sino que sobreestima la labor que él mismos hace, pensando que lo propio es lo mejor. Estos son ministerios desviados sin conciencia de la naturaleza del funcionamiento de los dones y capacidades que Dios da para edificación del Cuerpo. Desconocen el por qué y el para qué de su trabajo en la Iglesia.

El Pastor debe enseñar, tener paciencia pero si no hay rectificación, es mejor obviarlos y utilizar a personas más humildes y bien ubicadas.

Equilibrio de actitudes.En Romanos 12:3, Pablo escribe: “Por la gracia que se me ha dado les digo a todos ustedes: nadie tenga un concepto de sí más alto, sino mas bien piense de sí mismo con moderación según la medida de fe que Dios le haya dado”. La verdadera humildad no es rebajarse ni subestimarse a sí mismo. Pablo nos muestra la verdadera actitud que debemos tener: una actitud equilibrada. Una falsa humildad nos anula y limita.

El orgullo, por otra parte, causa la ruina propia y la de otros. Ahora bien, el reconocimiento real de lo que uno es dentro del Cuerpo de Cristo nos ayuda a desempeñar a cabalidad el ministerio que Dios nos ha dado. Así podemos emplear el potencial y la capacidad recibida de parte de Dios, de una forma correcta, siendo edificada la Iglesia y quedando feliz y satisfecho uno mismo.

Lea mas sobre...

Lea mas sobre...
Haga "click" aquí

Otro libro del pastor Luis Llanes

Otro libro del pastor Luis Llanes
Haga "click" aquí

¿Qué es el...?

¿Qué es el...?
Haga "click" aquí

Luz y Verdad es un ministerio transdenominacional de enseñanza bíblica y teológica, dirigido particularmente a las iglesias locales, con el objetivo de edificar a sus miembros y preparar a sus líderes.

El ministerio fue fundado a fines de la década del 90, por el pastor y misionero cubano Luis Enrique Llanes Serantes, misionero de las Asambleas de Dios de Cuba y ministro de la Unión de las Asambleas de Dios en Argentina. Durante largos años, el pastor Llanes llevó las conferencias y seminarios Luz y Verdad a decenas de iglesias, en Argentina, particularmente en la región patagónica. Su partida a la presencia del Señor, el 7 de marzo de 2015, no ha sido impedimento para que el ministerio continúe en la actualidad, de manera más amplia, por el trabajo de sus hijos, que son los continuadores de esta obra,

Además de las conferencias, talleres y seminarios, el Ministerio Internacional Luz y Verdad cuenta con un sistema de estudios bíblicos, teológicos y ministeriales, que incluye: el Plan Alfa de Discipulado Básico, y el Instituto de Formación Ministerial Integral "Luz y Verdad", que cuenta con niveles ministerial: Básico, Intermedio y Avanzado, y con un programa de Bachillerato en tres niveles, y el curso Alfa para nuevos convertidos. Los materiales de estudio usados.

Luz y Verdad cuenta además con presencia en Internet, a través de una red de blogs, en los que aparecen escritos y recursos de edificación para los creyentes en general, y los líderes cristianos en particular.

El trabajo de edición corre a cargo de la hermana Alba Lys Llanes Labrada, hija del pastor Llanes, actual directora del ministerio, y del Instituto. La hermana Alba también aporta al ministerio, con sus escritos, sus conferencias, talleres y seminarios, así como con sus publicaciones personales por Internet.

Luz y Verdad mantiene la postura doctrinal propia de las Asambleas de Dios, en lo que atañe a los conceptos doctrinales fundamentales.

Usted puede comunicarse con la Lic. Alba Lys Llanes Labrada a: alballanes1964@gmail.com




El Ministerio Internacional Luz y Verdad y su servicio de publicaciones EDICI, están configurando una red de recursos propios que pone a disposición de los ministros y de los hermanos, con el propósito de edificarlos en las diferentes áreas del quehacer cristiano.

Se trata de la Red de Blogs Luz y Verdad. En ellos, usted encontrará estudios de carácter doctrinal, bíblico y ministerial, artículos sobre historia de la Iglesia, actualidad eclesial y secular, orientaciones didácticas y pedagógicas, y mucho más.

Los autores de los diferentes escritos que aparecen en esta red son el pastor Luis E. Llanes y su hija Alba Llanes. De igual manera, estamos adicionando enlaces de acceso a otros sitios de Internet que ofrecen eficaces recursos cristianos y ministeriales.


¿Qué es EDICI?

¿Qué es EDICI?
Haga "click" aquí
¿QUÉ ES EDICI?

EDICIONES CRISTIANAS INDEPENDIENTES es el servicio de publicación y edición del Ministerio Internacional Luz y Verdad, dirigido a ministerios cristianos e iglesias locales.


El propósito: ofrecer colaboración y ayuda eficaz, seria y responsable, en materia de redacción y edición de material cristiano, ya sea páginas de Internet, revistas, periódicos, boletines, libros, etc., garantizando una excelente presentación en materia gramatical y estilística.

¿QUÉ SERVICIOS OFRECE EDICI?

REDACCIÓN:
Escritura y reescritura de diferentes tipos de textos para revistas, periódicos, libros, websites, proyectos editoriales, etc. Preparación de ayudas visuales, diagramas, presentaciones de Power Point, etc.

EDICIÓN:
Transcripción y entrada de datos. Lectura crítica de manuscritos y evaluación de contenidos. Corrección gramatical y estilística de los escritos.

INVESTIGACIÓN:
Investigación bibliográfica para proyectos editoriales, preparación de monografías, manuales didácticos, cursos bíblicos, etc.

EDICI se encarga de la gradual edición de la Red de Blogs Luz y Verdad,

PARA MAYOR INFORMACIÓN:
alballanes1964@gmail.com